Qué diferencia puede marcar un solo año. El impulso, otrora dominante, de remodelar radicalmente la sociedad para evitar la catástrofe climática se ha derrumbado. Fíjense en Davos, el foro de debate que durante mucho tiempo estuvo dominado por la defensa del clima. Ese consenso ha sido abandonado por quienes antes eran sus defensores más acérrimos.
Un ejemplo emblemático del cambio: la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, no mencionó ni una sola vez la transición climática en su discurso de Davos de 2026, después de haberla situado en primer plano en años anteriores. Pero no son solo los europeos. El primer ministro canadiense, Mark Carney, pidió en una ocasión “un compromiso global de cero emisiones netas” para resolver el cambio climático, que consideraba “una amenaza existencial”. Ahora, él admite que la “arquitectura de resolución colectiva de problemas»”, que durante mucho tiempo han apoyado las élites del Foro Económico Mundial y que incluye las cumbres sobre el cambio climático organizadas por las Naciones Unidas, ha “decaído”. En su país, se compromete a convertir a Canadá en una “superpotencia energética”.
En los Estados Unidos, incluso los políticos demócratas han dejado de centrar su campaña en el cambio climático como tema principal, y han cambiado el enfoque hacia la asequibilidad, los bajos precios de la energía y el alivio económico inmediato.
Este cambio global no se debe únicamente a la elección de Donald Trump. Los propios votantes se han cansado del constante alarmismo climático, lo que ha obligado a muchas voces defensoras del clima a moderar su retórica. Gritar sobre el fin del mundo no está dando resultados políticos. Otros temas han cobrado mucha más importancia, y la gente lee y ve menos noticias sobre el cambio climático en todo el Norte Global. Los propios medios de comunicación tienen menos que decir: según un análisis del Washington Post, 2025 registró la menor cantidad de menciones sobre el cambio climático desde marzo de 2022.
Este cambio de rumbo significa que los medios de comunicación y los políticos de izquierda se están poniendo al día con la opinión pública, que considera que el cambio climático ocupa un lugar secundario incluso al compararlo con otras preocupaciones medioambientales. Una encuesta global realizada por el Pew Research Center, el pasado mes de agosto, reveló que, en los últimos años, ha disminuido en todos los países de altos ingresos la percepción del cambio climático como una amenaza importante.
Este repliegue es positivo para una política sensata, ya que el enfoque alarmista fallido se basaba en una serie de tergiversaciones persistentes. Tomemos, por ejemplo, la afirmación de que los fenómenos extremos, debido al cambio climático, han empeorado drásticamente nuestra situación. Esto es simplemente falso.
Las muertes por desastres relacionados con el clima, como tormentas, inundaciones, sequías e incendios, han disminuido drásticamente durante el último siglo, y en la última década se han registrado algunas de las cifras más bajas de la historia, a pesar de que la población mundial se ha cuadruplicado. Este avance es el resultado de mejores alertas, infraestructuras más sólidas, una mejor respuesta ante los desastres y una riqueza social general que permite tales protecciones. La adaptación a través de la innovación ha demostrado ser mucho más eficaz que las restricciones impulsadas por el miedo. Los ambiciosos compromisos adquiridos en sucesivas cumbres climáticas, con el fin de redirigir enormes flujos financieros hacia los países pobres para proyectos ecológicos, han resultado ser ilusorios. Activistas y políticos exigieron transformaciones urgentes en toda la economía, insistiendo en que solo cambios masivos podrían evitar el desastre. Movilizaron llamamientos para que los contribuyentes y las industrias convencionales invirtieran billones en energías renovables. Esas grandes visiones se han tambaleado y el capital privado se ha retirado casi por completo ante los altos riesgos y los rendimientos inciertos. Lo que se presentó como una ola inevitable de finanzas sostenibles ahora parece más bien un fenómeno pasajero.
Europa ofrece la advertencia más clara del choque entre el idealismo y la realidad. La tan elogiada transición energética de Alemania ha sido un caso ejemplar de cómo el alarmismo climático lleva a tomar decisiones erróneas y enormemente costosas. Ahora, el canciller Friedrich Merz confiesa que Alemania ha logrado “la transición energética más cara de todo el mundo”. Gran parte del costo proviene del cierre prematuro de centrales nucleares que eran confiables, bajas en carbono y ya estaban totalmente pagadas. En cambio, los responsables políticos aumentaron la dependencia del carbón y el gas, lo que provocó un aumento de las emisiones y una subida vertiginosa de los precios de la electricidad. Merz admite ahora que “fue un grave error estratégico abandonar la energía nuclear”.
La transición de la exageración al realismo moderado entre los líderes reunidos en Davos supone, al menos, un cierto avance. Esto refleja el reconocimiento de que las tácticas de miedo exageradas han provocado la desconexión del público, malas políticas y reacciones adversas.
Ahora debemos centrarnos en lo que funciona. Por el momento, debemos proporcionar energía barata y segura para impulsar la prosperidad, al tiempo que innovamos para lograr un futuro más ecológico.