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Quince minutos de fama

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La fama es una diosa caprichosa, que lleva una trompeta y que, según el poeta Virgilio, “tiene los pies en el suelo, pero la cabeza en las nubes”. En la mitología griega, Feme u Osa era la personificación de los rumores, los cotilleos y la fama. Su equivalente romana sería la diosa Fama. Se encargaba de extender los rumores y los hechos de los hombres, sin importarle si estos eran ciertos o no, o si eran justos o negativos. Como se puede ver, el concepto de fama forma parte de la mitología y por tanto de la naturaleza humana, porque los mitos se inspiran en ella.

La idea de los 15 minutos de fama es la difusión o celebridad que en los medios de comunicación masiva recibe una persona o un acontecimiento. Esta expresión se le atribuye generalmente al artista plástico Andy Warhol, figura del Pop-art, quien la aludió con estas palabras “En el futuro, todos serán mundialmente famosos por 15 minutos”, dichas en un programa televisivo para la exhibición de su trabajo realizado en 1968 en el Moderna Museet en Estocolmo. La expresión se utiliza frecuentemente para referirse a personas en la industria del entretenimiento u otras áreas de la cultura popular, tales como los reality shows y YouTube. La expresión es una adaptación de la teoría de la aldea global del sociólogo Marshall McLuhan.

Todo este introito viene a cuento para referirme al programa Santo y Seña de Canal 4, emitido el pasado domingo y que desató una tormenta política y judicial a partir de los dichos de la “trabajadora sexual trans” Paula Díaz entrevistada por el conductor Ignacio Álvarez. El centro de la nota fue el reconocimiento por parte de Díaz de que en su denuncia contra el candidato Yamandú Orsi había mentido y nada de lo que dijo era cierto. Al núcleo de ese reportaje, no voy a referirme específicamente porque la totalidad de medios escritos, audiovisuales y por supuesto las redes se encargaron de amplificar ese show patético que vimos en horario central en la TV abierta. Lo de patético no alude a la labor del periodista, sino al papel que le cupo a la denunciante y, por extensión a su mentora Papasso.

La reflexión que me merece la comparecencia de Díaz y su confesión en cámaras tiene varias puntas. Por empezar la inconsistencia total de los dichos de la entrevistada en relación a las razones que la llevaron a participar como apropiada cómplice de las maquinaciones de Papasso. Lo de la mentira es quizá la parte visible del iceberg. Es probable que Díaz no tenga claro todavía la gravedad de lo que hizo, tentada sin duda por dos factores que la ideóloga Papasso utilizó a manera de zanahoria para tentar a Díaz: la fama y el dinero.

Es claro que, de acuerdo a la duración de la entrevista, Díaz obtuvo rápidamente la fama prometida, habida cuenta de la duración de un programa que estaba reventando el rating. Santo y Seña le dio mucho más que quince minutos de fama gratuita y, reitero, patética. En cuanto al dinero, de prosperar la denuncia trucha y sin necesidad de probarla, los doce sueldos del denunciado que la polémica ley 19.580 prevé le hubieran resultado recompensa suculenta tratándose de los ingresos de un intendente. La promesa de Papasso era tentadora desde todo punto de vista para el criterio de Díaz.

Fama y dinero son aspiraciones que parecen impregnar de manera transversal a la sociedad, en especial desde que existen las redes que jamás premian el mérito o el talento, sino que ponderan la cantidad de “likes” o seguidores que alguien tiene. No obstante, los que parecen estar más expuestos a esa tentación irresistible son los más necesitados de otros insumos previos para la vida: cultura, educación, ingresos dignos, empleo, salud y una larga serie de etcéteras deben ser ambicionados antes que la fama y el dinero que, si llega no es para todos y en general necesita algo más que la ambición de cada uno.

Acoto que esos largos minutos del reportaje deben haber repercutido de manera negativa sobre el colectivo trans. También el asunto sirvió para renovar el debate sobre la ley que parece alentar este tipo de calumnias.

Volviendo al programa, confieso que no recuerdo un espectáculo televisivo local que me produjese tan deprimente sensación. Hubo algo que hizo añicos la vieja idea de que los uruguayos somos distintos, educados, honestos, tolerantes y a salvo de cierta decadencia que, por ejemplo, en la vecina orilla campea desde hace mucho tiempo. Lo que mostró el domingo Santo y Seña fue algo ubicado más allá de lo periodístico y que, a falta de otra definición más específica, lo llamaría fractura ontológica de ese freno moral llamado escrúpulo, que significa duda o recelo inquietantes para la conciencia sobre si algo es bueno o se debe hacer desde un punto de vista moral. Para decirlo de manera más simple: una señal de que algo huele muy mal en la sociedad. Si a lo del domingo le agregamos la convocatoria que reunió a cientos de jóvenes en torno al shopping Nuevocentro para desafiarse y pelear como una horda salvaje, estamos en el horno.

Al momento que escribo esta columna, Díaz y Papasso ya declararon ante el juez y la fiscal actuante, con resultados por todos conocidos. La presión de la defensa de Yamandú Orsi y del partido que este representa jugaron cartas muy fuertes, solicitando a la fiscalía que la fiscal encargada del caso fuese removida, sin éxito. También se mentó que el operativo se gestó en Buenos Aires sin haber aportado pruebas al respecto. La expulsión de Papasso del Partido Nacional creo que ha llegado un poco tarde, pero finalmente se produjo.

Con la democratización de los medios de expresión aportada por la llegada de internet, la cita de Warhol ahora significa lo siguiente: en esta época, con tantos medios para que un individuo pueda alcanzar la fama, aunque esta no sea duradera, cualquiera puede ser famoso por un breve período de tiempo. Esto permite que actividades cotidianas o delitos menores tengan gran repercusión. ¿Alguien duda de que Díaz y Papasso son dos estafadoras de poca monta que ni siquiera merecen medio minuto de atención? Pero la sociedad del espectáculo y la fiebre mediática las convirtieron en estrellas de una absurda comedia virtual.

Cuando Enrique Santos Discépolo escribió Cambalache, no sabía que estaba haciendo futurología: un médico que descubre una nueva vacuna quizá no merece los mismos 15 minutos de fama que estas dos personas trans han recibido. Todo es igual, nada es mejor, los inmorales nos han igualado, dice el famoso tango. En ese sentido, la mayoría de los medios de comunicación social igualan los temas de interés y crean la ilusión no ya de que todo se sepa, sino de que todo es importante, con lo cual en definitiva nada lo es.

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