Quién es quién

El bizarro debate sobre la visita del Presidente Orsi a un portaaviones estadounidense, con el Presidente del Pit-Cnt como un viudo doliente al borde del llanto, ha tenido un mérito inesperado: recobrar definiciones fundamentales, dejar en claro lo que significa votar al Frente Amplio o a una Coalición Republicana que, más allá de históricas diferencias entre sus partidos, revela contemporáneas coincidencias.

Para empezar, la democracia y la libertad. EE.UU. e Israel son democracias, democracias plenas. Se puede acompañarles en muchas de sus acciones y discrepar en otras. Así lo dice nuestra historia. Pero lo que no es aceptable es que, por discrepar con los EE.UU. e Israel, se aplauda a los enemigos de la libertad y se soslaye que todo el conflicto actual comenzó cuando Hamas, desde la Gaza que gobierna con apoyo y financiación iraní, lanzó el feroz ataque del 7 de octubre de 2023. La proclama, dicha y repetida, es destruir Israel, hacerlo desaparecer. La acción concreta fueron 1.221 muertos y 207 rehenes, que se fueron entregando, unos vivos y otros muertos, en un angustioso y cínico cuentagotas.

Nadie de buena fe puede ignorar que hasta ese día de octubre había paz en la región. Y tampoco nadie, con un mínimo de convicción democrática, puede estar apoyando al gobierno de Hamas, terrorista despiadado que ha sumido en la miseria a su pueblo. Se enarbolan, sin embargo, banderas palestinas. O sea, el totalitarismo, la agresión, la sumisión de la mujer.

Gran diferencia, entonces. Basta la invocación al antiimperialismo o al antiyanquismo para avalar los peores totalitarismos. Proclamarse de izquierda es aplaudir esa visión retrógrada o transigir con ella, como le ocurre a una gran masa que no termina de asumir su raíz fascista. Desde el Presidente Orsi para abajo se resignan, pero esa resignación está cargada de significado. El dilema no es Pinochet o Hamas. Es el rechazo a los dos. Y eso nos separa. Ya lo vivimos durante las últimas campañas electorales, cuando insistíamos en afirmar que estar a favor o en contra de la dictadura de Maduro era una definición.

Esta diferencia nos lleva a otras, estos días también evidentes. Y no menos raigales. El Frente niega el derecho de la gente de trabajo a velar por su retiro mediante el ahorro individual. La mentalidad colectivista, en la que el esfuerzo personal no es un valor, le impide advertir el derecho que está negando. Ni siquiera lo ve como un derecho, pese a que el sistema vigente es tan equilibrado que concilia ese interés individual con un espíritu de solidaridad colectiva. El Batllismo tiene un contenido de responsabilidad social del Estado, pero su matriz es liberal. Cree en la libertad individual y, por lo mismo, le reclama al Estado mitigar las desigualdades que ella produce.

Otra dimensión: nuestro sistema es republicano y democrático, gobiernan los que eligió el pueblo. Los sindicatos representan los derechos de los trabajadores, pero no son gobierno. Es un desafuero pretender gobernar la vida internacional del país, la educación en todas sus dimensiones e imponerle a actividades económicas fundamentales su visión voluntarista. Es el caso bien notorio del puerto y la pesca, que llegó a ocupar miles de personas y hoy languidece en medio de paros irracionales y unos pocos empresarios sobrevivientes cuya fatiga es notoria. Algo análogo pasa en la lechería, una actividad exportadora principalísima, con la Conaprole como empresa central. Es una cooperativa de productores; ni siquiera hay un empresario capitalista para merecer el estigma de su avaricia intrínseca (porque esa es la idea difundida en el sindicalismo). Se ha hecho todo lo posible por debilitar la industria en nombre de presuntos intereses gremiales. Ya varias empresas, nacionales e internacionales, sucumbieron. Apenas esbozamos el tema. El hecho es que para el FA el sindicalismo es poco menos que sagrado y eso hace una fundamental diferencia. En una República no gobiernan las sociedades empresariales ni los sindicatos.

En la mirada hacia el pasado dictatorial hay también una diferencia de principio. Los partidos tradicionales impulsaron las dos amnistías, la de los tupamaros y presos políticos, y la de los militares. La primera la aceptamos todos. La segunda fue impugnada por sectores de la izquierda frentista que provocaron dos referéndums: ambos, con veinte años de distancia, desde 1999, ratificaron la ley. Sin embargo, por la vía oblicua de leyes que impugnaron hasta tupamaros emblemáticos como Fernández Huidobro, siguieron adelante para atropellar el resultado de las urnas. No estamos desconociendo la obligación de la sociedad de seguir buscando los restos de los desaparecidos, como lo imponen códigos naturales de humanidad. Se trata de juicios y castigos que, a esta altura, debieran ser solo motivo de la historia. Pero ahí llegamos a otra diferencia sustancial: no aceptar los pronunciamientos populares. El pueblo refrendó el ahorro voluntario, pero no importa. Refrendó la ley de caducidad, pero tampoco importa. Es siempre la misma actitud reñida con el espíritu democrático. Más allá del fondo de cada cuestión, está la voluntad soberana del voto ciudadano. Y ese irrespeto abre, una vez más, otra distancia entre lo que es en sustancia la Coalición Republicana y ese conglomerado contradictorio de partidos, movimientos y sindicatos que es el Frente Amplio.

Cómo se presentará la Coalición Republicana, si un candidato o varios, un lema o varios, es ingeniería electoral. Lo importante es que hay un espacio de centro en que los partidos tradicionales coinciden y hay que destacar, cuidar y profundizar.

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