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¡Que me quiten lo bailado!

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Los que vivimos en el hemisferio sur vivimos el fin del año… a fin de año. No es como en el hemisferio norte donde cae a mitad del calendario escolar y laboral. Hay cosas raras, sí, como comer turrón, tener un pino decorado y alguien que se disfrace de Papá Noel con 30 grados de calor. Pero terminar el año como nosotros, para mí tiene mucho más sentido. Realmente se termina el año, se hacen balances, se agradece por todo lo bueno y lo malo. Se cierra un ciclo. Es como si reseteáramos la vida y empezáramos de nuevo. Es una experiencia profundamente humana porque solo los humanos tenemos noción del tiempo, tenemos pasado, presente y la esperanza de un futuro.

Para nosotros, el Año Nuevo concentra una sobredosis de esperanza en cada brindis y saludo. Se siente como una hoja en blanco, un verdadero nuevo empezar, que nos dura hasta febrero, cuando ya queda poco de la efervescencia de las burbujas del brindis. Lo nuevo ya vuelve a tener gusto a usado y volvemos a la rutina de lo mundano. Schopenhauer decía que la vida de toda persona es apenas un péndulo que oscila del dolor al aburrimiento: dolor, cuando no se tiene lo que se desea, aburrimiento, cuando lo conseguimos.

Pero ese es el misterio de la vida. Miguel Ángel creía que esculpir no es más que encontrar la obra de arte que yace dormida en el bloque de mármol. Como en todas las artes, la vida quizá se trate de encontrar, en esas hojas en blanco, qué podemos hacer con lo que el destino nos depara.

“Feliz Año Nuevo”, solemos decirnos. “Que se cumplan todos tus sueños y deseos”. ¡Qué cliché! Sumado al “querer es poder” o “porque yo lo valgo” de nuestros tiempos, son la fórmula perfecta para la frustración e infelicidad inmediatas. Suena a vida de Instagram. La vida es un lugar muy difícil y todos sabemos que no hay vida sin un poco de tristeza, de ausencia, de dolor... Y el mejor saludo que podemos darle al otro es que encuentre paz y sabiduría en todo lo bueno y lo malo que las hojas del calendario le deparen. La felicidad no es entretenerse en el camino para no ver la dificultad que implica la vida, no es tener fobia al dolor. Después de todo, quien no sufre no ama y quien no ama no vive.

Nietzsche decía que “no se puede obtener de las cosas, nada que uno no sepa de antemano”. Porque es la experiencia, o más bien la sabiduría que tenemos a partir de la experiencia bien aprovechada, lo que nos da la habilidad para descubrir la belleza en lo menos obvio y para tener una mayor capacidad de extraer de la vida más sabiduría.

Porque con el tiempo uno se va dando cuenta de que los buenos años, a diferencia de los malos, no dan respuestas o soluciones. Más que darnos, nos exigen, nos remueven, nos desafían. Porque lo importante no es el final de la película (spoiler alert: al final todos nos vamos a morir). Lo importante es cómo lo recorremos, lo que se siente y se aprende en el camino. Cómo se traba la historia de cada uno, la emoción de los personajes, el ritmo de la trama, la elegancia del lenguaje, los matices, las emociones escondidas en los detalles. Con los años, uno se va dando cuenta de que es preferible una vida verdadera que una falsa felicidad, y ese es todo un oficio.

Así que mi mejor deseo para todos es un año pleno y que en 365 días puedan decir: ¡Y que me quiten lo bailado!

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