¿Qué celebran?

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TOMÁS LINN
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Qué celebraron con tanta algarabía los grupos “antivacunas” que estaban en la puerta del juzgado, una vez que se conoció el fallo del juez Recarey?

Mucha gente se hizo esa pregunta mientras miraba esas extrañas imágenes en los noticieros de televisión.

Es que el fallo no le reconoció a ese grupo ningún derecho en la medida que no había un derecho negado. El juez más bien le negó el derecho a otros a vacunar a sus hijos contra el covid y fue esa la causa del festejo.

La situación de los que celebraron siguió siendo la misma. Nunca nadie los obligó a vacunarse.

El fallo del juez y más que el fallo, la actitud de los grupos antivacuna, puso sobre ellos un inesperado foco de atención. Hasta ahora se entendía que tenían derecho a expresar su postura, por minoritaria que fuera.

En lo personal, las pocas veces que cuestioné a estos grupos no fue por lo que sostienen (que por cierto no comparto) sino por sus conductas.

La figura más conocida de estos grupos, el abogado Gustavo Salle, convocó a varias ruidosas, altaneras y groseras manifestaciones en los días y lugares donde el gobierno celebró actos patrios. Buscó así arruinar no solo la ceremonia oficial, sino también la fiesta popular que estos actos significan para la población.

Aún más insultante y guaranga fue la protesta hecha a la salida del homenaje que se le realizó a los miembros del GACH, el día que dieron por concluida su tarea. El grupo antivacuna, en esa ocasión actuó como verdadera patota al insultar y gritarle “asesinos” a tres científicos de primerísimo nivel que dedicaron tiempo y esfuerzo a ver cómo llevar una pandemia que afectó seriamente al país.

Hubo una discusión sobre la atención que los medios le prestan a estos grupos y un colega asumió algo de culpa por no darles más espacio.

En realidad, tuvieron un espacio y tiempo proporcional a su importancia. No se les negó prensa. Además, a medida que los referentes más serios de estos grupos presentaban sus argumentos, avanzaba la vacunación y día a día el embate de la pandemia fue cediendo. Los casos bajaron y fueron menos graves, bajó el número de internados en CTI y también el de fallecidos. En ese contexto, por más fundamentados que intentaran ser sus argumentos, los hechos estaban diciendo otra cosa.

El juez negó el derecho a otros a vacunar a sus hijos y esa fue la causa del festejo enardecido de los antivacunas.

Siempre dijeron otra cosa.

Algunos de estos referentes sostienen aún hoy, que la pandemia fue sobredimensionada. Es un hecho, sin embargo, que se diseminó por buena parte del mundo y en ciertos lugares desbordó las posibilidades de atención hospitalaria. Hubo momentos dramáticos, por ejemplo en España e Italia.

Uruguay tuvo un arranque lento y eso le dio tiempo para prepararse. Pero el inevitable embate finalmente llegó, murió gente, hubo temor que en un momento se desbordara la atención en los centros de cuidados intensivos, cosa que por fortuna no pasó.

Estos son hechos, no inventos.

Al final lo único que frenó el avance del virus fue la vacunación, tanto con Sinovac, como con Pfizer.

El gobierno adoptó desde el primer día medidas de urgencia que significaron limitaciones al movimiento de la gente y a las aglomeraciones, pero bajo la consigna de “libertad responsable”. No hubo cuarentena obligatoria, la gente pudo moverse dentro del territorio nacional (aunque sí se tomaron medidas para que el transporte interdepartamental llevara menos pasajeros), se aplicaron protocolos y aforos, el tiempo sin cursos presenciales fue relativamente breve comparado con otros países, y si bien hubo cierre de fronteras, eso se aplicó en todo el mundo.

Cuando se inició la campaña de vacunación quedó claro, desde el principio, que nadie sería obligado a vacunarse.

A medida que la situación mejoraba las medidas de precaución fueron menos rígidas. Algunos lugares pedían que sus concurrentes presentaran constancia de vacunación. Otros permitían entrar a los no vacunados si a cambio se hacían el hisopado. Todas medidas sensatas y solo personas de sensibilidad extrema podrían suponer que hubo discriminación. En esto, como desde tiempos inmemoriales, se aplicó aquello de que era mejor prevenir que curar. Nada más. Discriminación es otra cosa.

El problema no es que los grupos antivacunas militan a favor de su derecho a no vacunarse. Militan para que nadie más se vacune. Y eso es algo muy distinto.

Esos militantes, más aún que sus referentes intelectuales, fueron los que salieron al ruedo con argumentos fantasiosos y absurdos para cuestionar a quienes, tras asesorarnos con nuestros médicos y escuchar la voz de científicos reconocidos, tomábamos la decisión correspondiente.

No querían defender su derecho, sino imponer su verdad. No lo lograron del todo, pero al conseguir que un juez suspendiera la vacunación a menores, festejaron ese primer paso con la esperanza de obtener algún día una victoria total.

Por eso estos grupos son mal vistos por tanta gente. Bajo el disfraz de que defienden un derecho que nunca se les negó, sí quieren conculcar el derecho de los demás.

Y eso es grave.

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