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Qué caretas

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La célebre frase de Raúl Sendic, destituido vicepresidente del gobierno de Mujica, mantiene una vigencia asombrosa. Vigencia para el chiste, para la chacota. “Si es de izquierda no es corrupto y si es corrupto no es de izquierda”, sentenció con solemnidad y logró así, en pocas palabras, abarcar el sentir de muchísimos militantes del Frente Amplio, apoyados por la pasión y abandonados por la razón. El dogma luego se amplió hasta el infinito y el “si es de izquierda no es corrupto” pasó a emplearse para todo: si es de izquierda no es machista, si es de izquierda no discrimina, si es de izquierda no estigmatiza.

Hasta que el reloj marcó las 00:15 de la fría madrugada del lunes 1ero. de julio y el recién ungido candidato a la presidencia por el Partido Nacional, Álvaro Delgado, se despachó con la novedad de que Valeria Ripoll era la elegida para acompañarlo en la fórmula que, por voluntad del electorado blanco, encabeza. En ese preciso instante se vino abajo el teatro entero. Ni una tabla del escenario moral montado por la izquierda quedó en pie. Y las caretas volaron como una hoja que se lleva el viento.

Todas la miserias ocultas del progresismo autóctono brotaron igual que hongos después de la lluvia. Pero más rápido. Más violentamente.

A partir del anuncio de Delgado, las redes sociales hicieron combustión y empezaron a escupir: que se llama Shirley, que es terraja, que mirá los vestidos que se pone, que en el fondo es comunista, que es traidora, que tiene mal gusto para pintarse las uñas, que no está en su peso corporal óptimo. Hasta una periodista le reprochó no saberse la letra de la marcha de Tres Árboles y una radio del MPP señaló que es “deudora irrecuperable” del BROU.

Lo que siempre se supo que iría a ocurrir si las circunstancias se cuadraban, ocurrió: Hombres y mujeres de izquierda opinaron en patota sobre el cuerpo, la vestimenta y el peinado de una mujer. Y hombres y mujeres del Frente Amplio cuestionaron en patota las decisiones internas de un partido opositor. Todo lo que juraron que no se debía hacer, lo hacían en masa y con pasión arrolladora.

En un segundo, como si el anuncio de Delgado fuese un pase mágico que había logrado activar algún resorte oculto en lo más oscuro del alma de miles, el odio brotó sin control. Y la sentencia de Raulito cayó como un piano junto con las imposturas, haciendo un ruido bárbaro al estrellarse contra la realidad y despidiendo un olor a podrido repugnante.

Si bien el propio Sendic, Bengoa, Placeres y tantos otros se habían encargado oportunamente de demostrar que es posible ser de izquierda y corrupto al mismo tiempo, ahora estos miles de indignados por la decisión del Partido Nacional, demostraban que también se puede ser de izquierda y misógino. Y machirulo. Y discriminador. Y estigmatizador. Que se puede ser de izquierda y sentir odio y miedo por una mujer fuerte y decidida. Y que ese miedo y ese odio pueden llevar, además, a olvidar todos esos principios y valores en nombre de los cuales hicieron tanta bulla y aburrieron tanto.

Muchas fueron, y seguirán siendo, las consecuencias de la designación de Ripoll para vicepresidenta de los blancos. Pero la primera y más elocuente fue la de haber arrancado tantas caretas en tan poco tiempo.

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