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¡Qué así sea intendente!

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En estos días en los que se habla de un megaproyecto edilicio en Punta Ballena, resulta importante recordar la historia de esa zona privilegiada de nuestro país.

El lomo de la sierra de Punta Ballena formó parte de las 1.200 hectáreas que don Antonio Lussich compró en 1896, a las que, pocos años más tarde, sumaría otras 300 hectáreas más. Las tierras son una derivación de la sierra de Carapé y se extendían desde el arroyo El Potrero hasta la Laguna del Diario bordeando el mar.

Lussich, un poeta y reconocido empresario marítimo y fluvial, famoso por sus hazañas en el mar a la hora de rescatar náufragos y embarcaciones a la deriva en el Río de la Plata y el océano Atlántico, tenía 50 años cuando decidió encarar la forestación de su nueva propiedad. Hasta entonces era una sucesión de médanos y de sierras de piedra. Lo hizo con la finalidad de amansar al viento que gobernaba la zona sin que nada detuviera su paso.

Pese a ser desahuciado por los botánicos y paisajistas más famosos de entonces, que le vaticinaron que nada crecería en aquellas tierras pedregosas y a merced de todos los vientos, Lussich comenzó a plantar pinos y eucaliptos cerca del mar para que formaran un cerco protector. Después, hizo traer semillas de especies de los cinco continentes, construyó un almácigo en la parte más resguardada de la sierra, y con una docena de hombres, procedió a realizar la siembra más extraordinaria que se tenga recuerdo en el Uruguay. Desafió las leyes de la naturaleza y en una década comenzó a cambiar para bien el paisaje de Punta Ballena. Forestó casi toda su propiedad, dejando sin plantar el lomo de la Ballena, para que quedara como el promontorio donde se pueden contemplar los atardeceres más hermosos del planeta.

Los mismos científicos que le habían aconsejado no sembrar, entre ellos el uruguayo José Arechavaleta, cuando volvieron a Punta Ballena no daban crédito a lo que veían.

El paisajista francés, Carlos Thays, en el Congreso Mundial de Botánica, celebrado en París en 1912 se refirió a la obra de Lussich en los siguientes términos: “La obra portentosa del mundo en materia de bosques artificiales, está en Punta Ballena. Es la realización del más fantástico sueño que la imaginación exaltada de un botánico soñador pudiera concebir.”

En 1928, Lussich murió. A mediados de la década de 1940, dos de sus hijas encargaron al arquitecto Antonio Bonnet la urbanización de Punta Ballena. Desde entonces, muchos cambios se dieron en el lugar. Aunque ninguno, hasta ahora, pudo alterar significativamente el paisaje de la zona. La Unión Vecinal de Punta Ballena ha sido un celoso y eficaz custodio del legado de Lussich; años atrás logró detener proyectos que pretendían construir torres de veinte pisos en medio del bosque.

El intendente de Maldonado, Enrique Antía, salió al cruce de las versiones que indican que 29 edificios con 320 departamentos se construirán en el lomo de la Ballena. “La Intendencia no tiene información”, sentenció y agregó: “Hay un tema que el Ministerio de Medio Ambiente, tiene que laudar”. “Nosotros creemos que 29 edificios son muchos también”, dijo Antía. “Y deberíamos defender a muerte la punta de Punta Ballena para que no haya nada ahí incluso”. ¡Qué así sea intendente!

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