Prudencia y respeto

Rodolfo Sienra Roosen

Hoy es un día de fiesta para el país. Es el día de la democracia, la única forma de gobierno en la que, al decir de Ramiro de Maetzu, no hay una casta interesada en sofocar el pensamiento para que no se la discuta. Y por eso, ha sido cuestionada por pensadores célebres como Unamuno, por ejemplo, para quien "no me entusiasman grandemente las democracias, pero hoy ya son inevitables".

La democracia es acaso como la guerra y tal vez la civilización misma -¡y quién sabe si la vida!- un mal necesario. Hay que aceptarla o sucumbir. Y la democracia nos impone más obligaciones y deberes que nos confiere privilegios y derechos. Y el primer deber que nos impone es el de interesarnos en el manejo de la cosa pública, de la "res pública".

Dos enfoques aparentemente distintos de dos vascos geniales, contemporáneos, aunque con vidas y destinos diferentes y posiciones antagónicas en el escenario de la tragedia que asolaba a España, que vienen a coincidir o a complementarse en torno al concepto. Porque a la democracia no se le discute, como dice Maetzu, es que hoy vamos todos a cumplir con el primero de los deberes a que se refiere Unamuno. No hay mejor manera que interesarnos como republicanos que somos, del destino de nuestro país, que ejerciendo el derecho de darnos periódicamente el gobierno que queremos.

Coincidimos con Ulises Graceras, es su nota de "Crónicas" del 16 de octubre. Con la autoridad que le da su condición de reconocido sociólogo, periodista y estudioso de la realidad nacional y de varios procesos electorales, sostiene que la campaña no ha sido tan deficiente como se ha pretendido. Errores de los candidatos, existen siempre. Lo que sucede, explica, es que el régimen electoral desde 1996 consolida la verticalidad de los partidos, y de esa manera el esfuerzo electoral recae casi exclusivamente en la cúpulas partidarias, lo que trae como consecuencia -ocurre en los países del primer mundo, que son punto de referencia obligado desde que nuestras elecciones se parecen mucho más a las europeas que a las antiguas elecciones anteriores a la reforma caracterizadas por su carnaval radio televisivo- una confrontación más intensa. Al menos en lo formal -porque ideológicamente hablando buena parte del oficialismo piensa como la oposición-, el país está partido en dos mitades. Y a lo largo de la campaña ese mismo oficialismo no hizo otra cosa que apuntar a los errores del candidato opositor de mayor apoyo. Entonces, mientras éste habló de propuestas constantemente, los errores que pudo cometer debieran pesar mucho más que los horrores del adversario.

La división política, decíamos, es severamente confrontativa. Se nota en el ánimo de la gente. Por ello, cuando las urnas hablen, pueden aflorar reacciones de euforia o de mal humor que hagan las veces de usinas generadoras de sucesos desagradables.

El mejor sitio para recibir el resultado, siempre va a ser la intimidad del hogar o la reunión de amigos. La prudencia aconseja no circular, no integrar manifestaciones, no cometer excesos. A eso manda la prudencia. El respeto, la tolerancia a la opinión ajena, que siempre fue motivo de orgullo nacional, se ha deteriorado mucho en el lustro que termina.

Llevará su tiempo recuperarlo.

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