Promesas de la democracia

Hay un célebre discurso de 1983 del candidato Raúl Alfonsín en Argentina, que dice que “con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura (…) es entonces necesario que comprendamos: la bandera de la libertad sola no sirve, es mentira, no existe la libertad sin justicia (…) es la libertad de morirse de hambre, la libertad del zorro libre, en el gallinero libre, para comerse con absoluta libertad las gallinas libres”. Argentina enfrentaba una crisis económica feroz. Alfonsín ganó las elecciones. Pero tuvo que entregar el poder seis meses antes en 1989, corroído por la hiperinflación: la democracia no logró así cumplir una de sus principales promesas.

Cuarenta años más tarde y del otro lado del Río de la Plata, el compromiso democrático parece amplio y consensual. Sin embargo, hace años ya que nuestra democracia está incumpliendo una promesa sustancial que es, incluso, anterior a la de comer, educar y curar: la de garantizar la convivencia en paz y con seguridad individual, de manera de evitar un estado de naturaleza en el que, como decía Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”.

Hace una década ya que convivimos con noticias de que hay gentes que por pocos pesos despedazan cuerpos asesinados que terminan en trozos de comidas para cerdos; que hay familias que son echadas de sus casas por personas armadas que pasan a utilizar esos inmuebles como bases para sus tareas delictivas; que se verifican enfrentamientos a balazos entre grupos de delincuentes con asesinatos y heridos de adultos y niños que no forman parte de la refriega; que hay secuestros extorsivos con torturas gravísimas y que hay ejecuciones que terminan con cadáveres prendidos fuego; que hay asesinatos a cualquier hora del día con víctimas que reciben decenas de balas y quedan tiradas en la calle; o que hay ataques a balazos o con cócteles molotov contra casas por enfrentamientos entre bandas de delincuentes.

En estos días un informe de Telenoche narró, con la cadencia propia de una rutina instalada, un enfrentamiento a balazos iniciado la noche anterior, poco después de las 20 horas, en el barrio Marconi. Involucró a dos bandas enfrentadas de esa zona. Dejó unas 500 vainas de balas por el piso. Los vecinos del barrio, con miedo y escondidos en sus casas, escucharon balaceras durante horas. Se angustiaron por la seguridad de aquellos parientes y amigos del barrio que debían retornar a sus hogares en esas circunstancias. Y muchos de ellos, al otro día, tuvieron que enfrentar una jornada laboral sin haber pegado un ojo.

La inseguridad es el principal problema de los uruguayos hace años. Ciertamente, no todos asignan al concepto las mismas características: si bien las dos experiencias son horribles, no es lo mismo sufrir un hurto que vivir entre balaceras nocturnas recurrentes, por ejemplo. En cualquier caso, si la democracia no da respuestas mínimas durante años, ¿cuánto tiempo más podrá durar el consenso democrático? ¿Qué libertad tengo si ni siquiera puedo ir en familia a la plaza el domingo a tomar mate, porque me pueden robar la casa en ese rato, o porque puedo terminar de casualidad allí herido de bala?

Antes de que la anestesia mundialista nos adormezca del todo: ojo con nuestra desidia porque estamos jugando con fuego.

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