Presupuestar con metas

PABLO DA SILVEIRA

Los uruguayos estamos tan acostumbrados a la lógica burocrática que todos terminamos sumergidos en ella. Por ejemplo, tendemos a creer que la única manera de administrar recursos consiste en distribuirlos entre diferentes rubros. Una vez que sabemos cuánto dinero vamos a gastar en la enseñanza, todo se reduce a dividirlo en sueldos, gastos e inversiones. Y como siempre es mejor disponer de más que de menos, festejamos cualquier aumento presupuestal como si fuera un logro en sí mismo.

Pero aumentar el gasto no es necesariamente algo bueno. Destinar el 4.5 del producto a la enseñanza puede ser magnífico si se logran resultados tangibles, pero será un paso atrás si todo sigue igual.

Si las tasas de deserción se mantienen altas y los resultados en las mediciones internacionales de aprendizaje no mejoran, simplemente estaremos sacando más dinero del bolsillo de los contribuyentes sin ofrecerles nada a cambio. Quienes deciden aumentos del gasto público sin lograr resultados visibles deberían perder perdón a la ciudadanía.

Tampoco es verdad que la única manera de administrar recursos consista en distribuir dinero entre diferentes rubros. Una manera alternativa, mucho más eficiente y democrática, consiste en asignar el dinero a metas que deben ser cumplidas. Ese esquema alternativo tiene al menos tres virtudes importantes.

En primer lugar, permite una mejor convergencia entre palabras y acciones. Es muy fácil declarar que la educación es muy importante, pero se tratará de palabras vacías si no van acompañadas de decisiones enérgicas. Eso significa priorizar, y priorizar casi siempre significa hacer sacrificios. ¿Estamos dispuestos a tener más escuelas de tiempo completo, aunque eso deje menos dinero para la Universidad de la República? Mientras no estemos dispuestos a hacernos esta clase de preguntas, seguiremos creando las condiciones para el cultivo el doble discurso.

Una segunda ventaja de la administración en función de metas es que permite distinguir los éxitos de los fracasos. Si alguien pide cierta cantidad de dinero para reducir la deserción en la enseñanza media pero la deserción no disminuye, quedará claro que esos recursos fueron malgastados. Si sólo se hacen invocaciones a ideas generales, será mucho más difícil conocer lo ocurrido y todo terminará en un despilfarro cargado de retórica.

Por último, la administración en función de metas facilita el control que los ciudadanos debemos ejercer sobre nuestros gobernantes.

Si el grado de cumplimiento de las promesas realizadas se vuelve más transparente, también resultará más fácil hacer la distinción entre quienes sólo hablan de valores que todos consideramos importantes (equidad, integración social, bienestar) y aquellos que son capaces de convertir esas palabras en resultados concretos.

El actual período de gobierno ha servido para mostrar que se puede gastar mucho sin lograr avances importantes. Los contribuyentes hemos hecho un esfuerzo de gran magnitud, pero ninguno de los indicadores decisivos en materia educativa ha tenido mejoras sustanciales. Pero aun, el clima en los centros de estudio se ha deteriorado. Seguramente sea demasiado pedir que los miembros del Codicen salgan a pedir perdón por tanto malgasto, pero al menos deberíamos aprender la lección: presupuestar por metas, o al menos intentar hacerlo parcialmente, es una de las condiciones necesarias para empezar a mejorar nuestra enseñanza.

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