LEONARDO GUZMÁN
El 18 de septiembre el Presidente de la República irrumpió desde Nueva York. Calificó los dichos de Mujica que estremecieron a su partido y al país como "simplemente estupideces que yo no comparto".
No quedemos en el zumbido. Sin cortes, lealmente, vayamos al cogollo. Define el Diccionario de la Real Academia: Estupidez: "1. Torpeza notable en comprender las cosas. 2. f. Dicho o hecho propio de un estúpido". Estúpido: "1. adj. Necio, falto de inteligencia. U. t. c. s. 2. adj. Dicho de una cosa: Propia de un estúpido. 3. adj. estupefacto". Estupefacto: "Atónito, pasmado".
Cumplido nuestro deber de "fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una persona o cosa" -que eso es definir-, no queda escapatoria: lo mismo en el lenguaje común que en el lexicón, la estupidez nos lleva de la torpeza a lo pasmado. Sin derivadas benignas ni atenuantes.
El 22 de septiembre el Presidente volvió a irrumpir. Calificó a Mujica como "un hombre de pueblo que sabe interpretar muy bien el pensamiento de los uruguayos"; y ya embanderado, afirmó que "representa a nuestra fuerza política y a nuestro programa político".
Profanó el silencio electoral que le impone el numeral 5º del art. 77 de la Constitución, las dos veces. No fueron las primeras, pero no pasa: no es cuestión de acostumbrarnos.
Tampoco es cosa de habituarnos a que cada candidato se dedique a destruir al otro. Enardecer para que al ajeno no se le atiendan razones es herramienta dilecta de los populismos totalitarios. Las almas liberales están abiertas a las verdades que proclame el adversario y saben dar la razón por encima del saludo, el talante y hasta el agravio. Por eso, hizo muy bien Lacalle en llamar a concordia y diálogo con los que vayan a votar al Frente.
Tampoco es cuestión de habituarnos a que nos embadurnen las comidillas sobre lo que no importa: por ejemplo, lo que cada uno diga sobre cómo vive el otro.
No es tema. Distraídos con esas fruslerías, se pasa de largo ante lo que realmente vale: qué piensa cada postulante, adónde lleva la libertad, la educación y el trabajo, qué estilo representa, qué tipo de hombre o país busca.
Una campaña democrática no debe enumerar las fallas ajenas tanto como demostrar la superioridad del pensamiento y la actitud propios de cada partido y cada candidato. Sólo así se interpreta el clima y los sentimientos que la Constitución nos manda cultivar.
Sí: la Constitución no sólo impone modos de votar y principios para las instituciones y las relaciones morales y económicas. Además, supone sentimientos, inspiración, aguijón del alma inscripto en tradiciones nacidas cuando el hombre se encontró con el prójimo y se elevó al concepto, el compromiso, el discurrir y la libertad. Es vector y programa de vida.
La transgrede abierto el Presidente. La olvidan las polémicas menores. No les importa a los obsesionados por adivinar cuántos votos se gana o se pierde en cada retruque. La ignoran los que, para salvar metidas de pata o disimular disparates, recomiendan ocultaciones y silencios. Pero imponente y sin guerra de clases, ahí está la Constitución por la que -en montonera como Saravia, en soledad de conciencia como Brum, aplaudido exhausto al salir de la cárcel de Trinidad, como Wilson, o entrecasa como todos- han, hemos sufrido los que vemos en ella el programa que, desde las Instrucciones, nos dio identidad antes aún de tener independencia.