En un pasaje de su discurso en el acto del primero de mayo, Joselo López admitió que “en un universo de poco más de 250 mil empresas, 180 mil son micro, que solo cuentan entre uno y cuatro trabajadores. Parecería ser que un gran número de empleados están registrados bajo esa modalidad. Nuestra tradicional forma de entender el sindicalismo los encasilla como patrones. Invito a hacernos esta pregunta: ¿es correcto pensar que una persona cuyo patrimonio es un vehículo en el cual entrega mercadería es un patrón? Emplear una persona, que muchas veces puede ser un familiar, ¿lo convierte en un explotador? Para nosotros, la respuesta es no. De alguna manera debemos acercar a estos trabajadores al movimiento. Tenemos que encontrar la forma”.
La reflexión de López pone al desnudo que nuestro movimiento sindical organizado opera con la lógica de relaciones laborales del siglo XIX, cuando Marx trazaba una línea divisoria entre explotadores y explotados y la carencia de protección legal habilitaba todo tipo de desmanes empresariales, que los sindicatos de entonces supieron combatir valerosamente.
Pero el mundo ha cambiado, por suerte. El sistema democrático, eso tan denostado por algunos, permitió que las demandas sociales se convirtieran en leyes que protegen a los más vulnerables, y que el auge de las grandes fábricas del pasado trocara por una mayoría rotunda de pequeños emprendimientos, incluso unipersonales, que buscan su lugar en el mundo productivo. Desde el garaje donde Jobs y Wozniak diseñaron una computadora diferente, nació una multinacional próspera que sembró millones de fuentes de trabajo y prosperidad comercial en todo el mundo. Las nuevas generaciones se miran en ese paradigma, y no en el de otras que tenían como único norte conseguir un cargo público o un puesto en una empresa privada, donde cobrar un sueldito hasta morir.
Joselo López ya lo ve claro, pero se contradice cuando niega a esos emprendedores la condición de “patrones”. Sí, lo son: son dueños de sus medios de producción, y en lugar de elegir el camino del asalariado, optan por el del empresario, con la audacia de trabajar más horas de lo debido si hace falta y de arriesgar sus patrimonios personales, a cambio de la ilusión de prosperidad personal y aporte a la sociedad. Si López quiere “encontrar la forma” de atraer a estos emprendedores al Pit-Cnt, tendría que empezar por convencer a sus compañeros de que no los traten de explotadores.
En la misma jornada del primero de mayo, otro sindicalista se quejó en su discurso de que “somos el único país del mundo” donde los patrones aportan la mitad de lo que se descuenta al trabajador. La medida no fue aplicada por un burgués despiadado sino por Danilo Astori en la reforma de 2007, y tuvo la obvia motivación de generar un incentivo para la creación de puestos de trabajo. Allí, a pequeños empresarios como quien esto escribe nos vacunaron con el IRPF (cuanto más ganes, más pagarás), pero en compensación nos incentivaron de ese modo para contratar personal.
Es bueno que un dirigente sindical se haya dado cuenta de que los “Mipymes” estamos entre dos fuegos: un Estado que exonera a los grandes inversores pero castiga a quienes no podemos evadirlo, y una organización sindical que nos mira como enemigos de clase. Por eso, lo del título.