Por el buen camino

JUAN ORIBE STEMMER

La globalización es un proceso inevitable que nos beneficia de muchas maneras. Los modernos sistemas de comunicaciones, especialmente el transporte marítimo, les abren a las exportaciones uruguayas mercados que nadie habría imaginado pocas décadas atrás. También es cierto que el nuevo impulso que ha adquirido la globalización, además de ofrecer oportunidades, también crea amenazas y peligros.

El Uruguay produce bienes de relativamente bajo valor agregado, que se venden en mercados globales donde la competencia es muy intensa. No controlamos la demanda por ninguno de ellos. Los principales rivales de cada productor no se encuentran dentro de nuestras fronteras sino en otras regiones, algunas de ellas muy dinámicas. Se han realizado avances importantes para ajustarse a ese nuevo mundo. Pero de poco vale que el empresario se esfuerce en incorporar tecnología, mejorar su producción y reducir costos, si luego se encuentra con que no puede enviar el resultado de su trabajo hasta el depósito del comprador en ultramar, en condiciones y a costos razonables. El transporte interno y externo tiene una importancia esencial, vital, para el desarrollo de nuestro país. Y asegurar ese servicio es una responsabilidad esencial del Estado.

Es conocida la situación de las carreteras de nuestro país. También la del ferrocarril. Este último es el medio de transporte más económico para el acarreo de productos a granel en distancias medias y sería un complemento ideal para los proyectos forestales. Sin embargo, el Estado, después de haberlo abandonado por décadas (a pesar de que el desarrollo del plan forestal hacía previsible un fuerte aumento de la demanda por transporte interno), ahora se encuentra paralizado por un bizantino discurso ideológico en el seno del partido de gobierno.

En ese escenario es afortunado que los puertos uruguayos se modernicen y compitan con los mejores del resto de la región. Ello ha sido el resultado de la reforma portuaria aprobada hace casi dos décadas. Pero, los puertos necesitan vías navegables de acceso de dimensiones y dragadas a profundidades adecuadas.

Por ese motivo es alentador que, finalmente, Argentina y Uruguay se hayan puesto de acuerdo en dragar el río Uruguay entre su kilómetro 0 y el 187, a 25 pies de profundidad. Esta es la verdadera hidrovía para nuestro país.

Si lo pensamos bien, hasta ahora allí existió un paralelismo con lo que sucede con el ferrocarril. Los trabajos de profundización y mantenimiento de los canales de navegación del río compartido con Argentina también fueron demorados por un conflicto de ideas. En este caso por la resistencia de los ambientalistas más extremos de Gualeguaychú que persisten en la cantilena de que "el mayor dragado conduce a la hidrovía decidida por el Plan IRSA de los países del Norte para saquear recursos naturales de Sudamérica". Como si el desarrollo sustentable, económico y social, de nuestras sociedades no dependiera de su capacidad de embarcar los cereales, soja, lana, carne y otros productos agropecuarios que vendemos a ultramar.

Lo que nos hace falta es menos ideología y más ferrocarriles, menos ruidos y más nueces…

"El río Uruguay es la hidrovía para nuestro país, esencial para los productos agropecuarios".

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