Leonardo Guzmán
Un par de sedicentes votantes de Bordaberry decidieron acompañar a Mujica. En su derecho están. Pero arguyeron que el actual gobierno ha dispuesto medidas que son batllistas. Entonces, pasemos en limpio.
El Partido Colorado resolvió apoyar a Lacalle. De las noveles autoridades allí actuantes podemos lamentar que no las encabece un líder batllista, pero no tendríamos derecho a negar que ellas representan a muchos y connotados batllistas. Respetémoslas pues.
Pero miremos más allá de lo institucional. En definitiva, el Batllismo es no sólo una colectividad política sino además sentimiento, ideario y actitud, y ha renacido no sólo desde la severidad de la organización afinada que a ratos tuvo sino desde las múltiples angustias vividas en sus diásporas: al proclamar su abstención en las elecciones terristas de 1934 y 1938, al fracturarse cuando Renán Rodríguez se quedó en el lema y Zelmar Michelini se fue, al replegarse en el retrato diario que publicábamos en El Día porque nos amordazaba la dictadura y al sufrir derrotas como la de 1958 y la de 2004.
A lo largo de ese avatar, el Batllismo más que un movimiento de masas pasó a ser un hervidero de conciencias. Ya no se refirió tanto a un programa de obras a defender o metas a conquistar como a la afirmación de principios esenciales sobre el hombre, la convivencia y la libertad, antes y más allá del Estado. Fueron legión sus militantes que se olvidaron de los cálculos electorales, mientras muchos elementos del Batllismo entraban en el torrente sanguíneo de todos los partidos.
No es para extrañarse ese vuelco a la conciencia, porque de la conciencia vinimos. José Batlle y Ordóñez joven formó sus convicciones partiendo de meditaciones filosóficas y aun religiosas. Sus críticas a la Biblia y al clero lo presentaron como positivista y materialista, pero él era espiritualista: lo prueban sus poemas "Cómo se adora a Dios" y "Mi Religión" y lo demostró Arturo Ardao.
Querer construir la justicia con y desde la libertad, edificar el bienestar de todos SIN guerra de clases, proclamar ideales comunes por encima de intereses e identificaciones sectoriales, supone afirmar que el hombre tiene deberes incondicionados y obliga a rechazar relativismos.
Es en esos planos donde debemos definir a quién votar. Para una conciencia batllista y para toda conciencia activa, lo más importante no es qué nos darán o quitarán del bolsillo uno u otro candidato. Lo trascendental es cómo razonan, qué respeto muestran, desde qué cultura piensan y a dónde nos llevan. Ahí debemos definir la elección. Con sentimientos más a la izquierda o más a la derecha, ¿qué humor queremos para el Uruguay?
Recordemos: el balotaje no se instauró para que el Presidente se consagre por mayoría absoluta en la primera vuelta o cuente con mayoría absoluta en el Parlamento. Fue al revés: el balotaje se creó previendo que ninguna fuerza lograse mayoría, de modo que el Primer Magistrado surja en segunda vuelta con consenso propio, más allá de los partidos, en diálogo directo con la ciudadanía por todo lo alto.
En el doble voto simultáneo, se votaba por un partido y por uno de los varios candidatos que presentaba el lema. En el régimen actual, se sufraga en primera vuelta por un partido y su candidato único; y en el balotaje, por encima de los lemas se elige entre los dos más vo- tados. Por talentos y virtudes, que es como debemos distinguir siempre, en la vida y en las urnas.