No hay balance que diga cuánto perdemos en cada persona, por causa de la caída colectiva de los valores en que la formamos ni cuánto queda a medio hacer por la degradación en que chapotea su conciencia cuando dejamos de convocarla a re-crear íntimamente los valores individuales y permitimos que se los remplace por "adaptaciones al medio ambiente" sin vuelo —y acomodaticias por añadidura.
Lo mal hecho, mal escrito, mal pensado, mal informado y mal reiterado en la vida del Estado, y no sólo del Estado, ¿cuánto nos cuesta?
La enfermedad no empieza en el Derecho. Empieza en la apuntada caída de valores dentro de la persona. Le sirve de caldo de cultivo la pérdida de precisión en el lenguaje y de autoexigencia en el pensamiento. Coadyuva un relativismo que parece tolerancia —cada uno que piense lo que quiera— pero en realidad es haraganería mental, que impide empujar las ideas hasta sus últimas consecuencias y que habilita para desentenderse de los resultados y sostener cualquier tesis, con tal de que la tolere "la comunidad jurídica".
Por allí se nos cuela una forma de intolerancia, sutil e insidiosa al principio pero desembozada y cruenta al final: consiste en no rendir cuenta de las razones que se invoca y dejar que el otro hable pero no escucharle con ganas ni refutarle con nitidez. Internados en ese camino, dejamos de generar vida moral y jurídica discurrida y compartida —esto es, de calidad— y dejamos de abonar los principios y afirmar los ideales. Y lo que es más grave: por el buen o mal destino de principios e ideales, depositamos fuera de nosotros la responsabilidad, olvidando el deber incondicionado de encarnarlos con la rotundidad del Himno, cuya versión última no debe quedar en la espléndida vibración del CD que acaban de entregar la Ossodre, Montenegro, Otegui y el coro dirigido por Setune sino que debe estar llamada a producirse en el quehacer nuestro de cada día, que sin hosannas por dentro se hace pobre y gris.
La calidad de la vida de los pueblos más civilizados se mide por la eficacia con que cada uno cumple sus obligaciones. Esa calidad no es la desembocadura mecánica de un acto mágico de algún Napoleón. No. Es el fruto de la cuidada realización de valores que surge de mujeres y hombres anónimos, que enseñan por su ejemplo y no sienten que haya revolución ni progreso sustituyendo el "buenos días" por monosílabos irreconocibles ni bajando del mundo de la reflexión interpersonal al submundo de los grupos de presión que sueñan con restablecer el Medievo, para ganar poder a pedradas o para hacer desde las sombras negocios corporativos.
Décadas describiendo a la persona y al Derecho como el "producto" de la sociedad que va siendo y no como el gestor de la clase de sociedad que queremos ser, décadas sustituyendo el DEBER SER por la mera descripción de LO QUE ES, nos han costado muchísimo más que la aftosa.
En el título de esta nota proclamamos que se pierde a chorros. Por lo que queda dicho, es peor que eso, porque los chorros, por abundantes que sean, pasan por el contador y al final se cuantifican.
En cambio, lo que estamos perdiendo por debilidad de la persona y caída del Derecho, no hay cifra que pueda reflejarlo en balances del BID o del Banco Mundial, porque se trata de destinos concretos de personas irrepetibles.
Por eso es inconmensurable, en el sentido etimológico de la palabra: no hay "con qué" medirlo. Es que el contexto que hemos generado arranca de raíz lo infinito que anida en cada persona y achata contra la ventana el horizonte colectivo, al generar agujeros negros en esa razonabilidad compartida que debería darle al Derecho, además de la imperatividad de su fuerza, la calidez de una espontaneidad hermanante.
Que felizmente revive y muestra retoños en el ámbito donde brotan a la vez la persona y el Derecho: la conciencia, entendida no como psiquismo sino como aspiración hacia lo mejor y más alto.