Pasado no tan reciente

A veces viene bien sacar cuentas para confirmar la cantidad de años pasados desde que ocurrieron hechos que afectaron nuestras vidas y que hoy son recuerdos que con el tiempo se van desdibujando.

Sucede también con la vida de un país. Hace más de 50 años que los militares dieron el golpe de Estado y derrocaron la democracia en Uruguay. Y fue hace casi 60 años que comenzó a operar la guerrilla, derrotada en 1972.

Son muchos los nacidos después de ese período. Otros, los más viejos, empiezan a verlo como algo lejano, del que se guarda memoria de los episodios más dramáticos, pero algunos detalles se vuelvan borrosos. Ya no es tan “historia reciente”.

Hay, pese a ello, gente que tiende a vivir y rememorar aquellos años como si fueran parte del presente. Es verdad, quedaron heridas dolorosas que no cierran ni nunca cerrarán. Pero para ciertos grupos es una forma de hacer política. Convertir en actualidad lo que es pasado ayuda a arengar militantes y manejar agendas, a veces haciendo un cuestionable uso del genuino dolor. Es la misma actitud con que alguna izquierda vivió la llegada del primer gobierno frentista en 2005: para ella, recién ese día terminaba la dictadura. Los años de gobiernos colorados y blancos elegidos en comicios libres desde el 85, no contaban.

Esta peculiar relación con el pasado no es un fenómeno generalizado, pero contamina la manera de entender el país y enturbia la posibilidad de una despejada proyección al futuro.

Por eso es bueno que a medida que historiadores y periodistas hurguen en ese pasado, quede claro que ciertos mitos respecto a aquellos episodios no son tales, pese a como cierto folclore popular se empecina en relatar.

En la etapa final de esa democracia (que culmina con el golpe de estado de 1973) y en un contexto de guerra fría e inestabilidad continental, surgen diferentes grupos de ideología radical, marxistas o de inspiración marxista, que despreciaban las formalidades de la “democracia burguesa”. Se inspiraron en el modelo cubano instalado por Fidel Castro. Así aparece el MLN (Tupamaros) cuya opción por la vía armada tuvo en vilo el país por varios años hasta su derrota en 1972, un año antes de que se instalara la dictadura.

La guerrilla no nació para combatir la dictadura (fue derrotada antes) ni se rearmó para enfrentarla después. Tampoco fue una organización perfecta integrada por gente que sin fisuras acató sus principios, su propuesta y su estrategia.

Fisuras hubo y el movimiento no fue ni tan mítico ni tan puro. Desde la prisión y en medio de los apremios, llegó a haber negociaciones entre militares y tupamaros para intercambiar inteligencia. En ese contexto, buena parte de la izquierda se sintió atraída por las proclamas militares cuando se dio el primer golpe en febrero del 73. Entonces, como hoy y siempre, importaba más compartir el “proyecto” que la libertad y los derechos. Se acaba de publicar un libro que investiga que pasó con ese grupo guerrillero tras su derrota y analiza sus profundas divisiones por cuestiones ideológicas y estratégicas.

El trabajo de Javier Suárez, “Los otros tupamaros” (publicado por Da Vinci) se suma a anteriores investigaciones que antepusieron el rigor al mito, para divulgar hechos que algunos de sus protagonistas intentaron minimizar. Se refiere al llamado grupo de “los renunciantes”, por haber renunciado primero a la dirección y después a ser integrantes del MLN en 1974. Entendían que la lucha armada no era el camino y proponían crear un partido político de corte marxista leninista.

Por ese motivo fueron sentenciados como traidores por sus viejos compañeros.

El proceso de reflexión y conversión siguió en el exilio, donde vivieron en países con sólidas democracias que influyeron en su forma de ver la política.

Ese largo proceso culmina no solo dejando las armas, no solo asumiendo las reglas de juego democráticas, sino abrazando partidos que en su esencia son republicanos y liberales. La investigación demuestra que fueron procesos complejos y transcribe documentos de los años 60 y 70 que leídos hoy resultan delirantes y anacrónicos.

Otros trabajos anteriores también merecen ser tenidos en cuenta: la contundente investigación de Alfonso Lessa, o el rotundo esfuerzo de Leonardo Haberkorn para desarmar mitos que nada tienen que ver con la realidad y el preciso relato de Pablo Brum. O la permanente reflexión de Hebert Gatto o de Luis Nieto.

Es bueno y necesario que con rigor, independencia y honestidad esa historia se cuente tal como fue, o al menos la más parecido a la verdad, para contrastar con intentos sesgados que incluso cayeron en la apología de la violencia.

Recordar el pasado es hacerlo en su totalidad y no solo lo que conviene.

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