Juan Martín Posadas
El martes pasado, en uno de los augustos salones del Ateneo de Montevideo, se firmó una acción de inconstitucionalidad contra el acto legislativo que metió al Uruguay en un parlamento del Mercosur. Firmamos tres ciudadanos: el Dr. Carlos Maggi, Flores Colombino y yo, más los abogados patrocinantes, Dres. Leonardo Guzmán y Daniel Hugo Martins. Después de firmado cruzamos la Plaza Cagancha e hicimos entrega del escrito en la mesa de entrada de la Suprema Corte de Justicia.
La iniciativa de que nuestro país pase a formar parte de ese parlamento es exclusiva de este gobierno: hizo valer sus mayorías parlamentarias y, sin buscar articular consensos ni respaldos más amplios, echó para delante la pesada. Este proceder, políticamente primitivo, implica, además, el menosprecio de una tradición nacional: nunca antes se alteraron disposiciones constitucionales sin consulta a la ciudadanía.
Los defectos formales y de procedimiento arriba señalados no son poca cosa pero el fondo del asunto es más grave. El fondo está en la pregunta ¿le conviene al Uruguay formar parte de un parlamento del Mercosur? Y esta pregunta está vinculada a otra más básica (y más desatendida e incomprendida): ¿qué integración es la que nos conviene?
A poco que el sacrificado lector se ponga a repasar lo que ha oído y leído últimamente advertirá, con desazón, que en este asunto de la integración regional sólo se manejan generalidades. Esta impresión se confirma al repasar los discursos pronunciados el día de la instalación de dicho parlamento; aún los legisladores de la oposición, que no votaron, hicieron juramentos de fidelidad mercosuriana e integracionista. La discusión política, por su misma naturaleza, plantea exigencias mínimas de nivel. Quien afirma, con apostura de prohombre, que el Uruguay es demasiado pequeño como para hacer su camino en solitario y que, por consiguiente, debe integrarse a su región, está diciendo una perogrullada hueca. Y quien proclama que lo deseable es más y mejor Mercosur contribuye con una oquedad de inconsistencia equivalente.
Nuestro país tiene que integrarse por necesidad y por conveniencia. Y se tiene que proteger de la integración por conveniencia y necesidad. El Uruguay es un país pequeño enclavado entre dos grandes. Por esa razón tiene que tratar de llevarse bien con sus vecinos. Y por esa misma razón de ser pequeño entre dos grandes tiene que cuidarse de sus vecinos. La discusión pertinente, la que todavía no se ha dado en el ámbito político o en los escritos de los politólogos, refiere a qué medida y qué clase de integración con la región tenemos que procurar y de qué aspectos de la integración regional tenemos que defendernos y huir de ellos.
Esa es la cuestión fundamental y es de sentido común. Pero se ha impuesto una moda que hace que todo el mundo se cuide de interponer matices o salvaguardas al discurso mercosuriano de tambor batiente. No advierten que en esa competencia ya les ganó la punta el lenguaraz de Venezuela (y que se va tornando cada vez menos cómodo -por no decir ridículo- estar en fila detrás de él).
Entre los aspectos más inconvenientes para nuestro país de una integración regional a mansalva se cuenta este parlamento del Mercosur (idea que sólo se le pudo ocurrir a otros parlamentarios). Hay mucha gente que cree que los ideales de independencia corresponden a nuestro siglo XIX. Otra vez olvidan -si es que alguna vez lo entendieron- que la base de la geopolítica está relacionada con el tamaño.