París en los locos años veinte

RUBEN LOZA AGUERREBERE

Hacia 1920 Ernest Hemingway se marchó a vivir en París, donde comenzaban a llegar escritores y artistas de los más variados puntos del mundo. Había nacido el 21 de julio de 1899, en Oak Park (Illinois), hijo de un médico que le regaló a los tres años una caña de pescar y, a los cinco, un rifle, y de una madre que había formado parte de la Sinfónica de Nueva York y quería que fuera violoncelista. Triunfó finalmente el padre. No bien comenzó la Primera Guerra Mundial, trató de enrolarse y no fue aceptado. Cuando se enteró de que su amigo Ted Brunkup, con su ojo de vidrio, estaba allá, insistió y se enroló en la Cruz Roja. Y una noche en Fossalta, lo alcanzó un proyectil. Internado en el "Ospedale Croce Rossa Americana", en Milán, se enamoró de una de sus enfermeras, Agnes von Kurowsky, quien sería la heroína de "Adiós a la armas".

Pero volvamos a París. Al terminar la guerra, Hemingway, conoce a una joven de adinerada familia de Chicago. Tras un breve noviazgo, se casan y se van a París, con el pequeño hijo de ambos. Se instalan en un departamento de dos ambientes, en el 74 de Cardinal Lémoine (al que hemos visitado y pintado en esta columna más de una vez), a mitad de la cuesta hacia la place de Contrescarpe. Fue una etapa esencial en su vida. Muchos años después, en un libro de edición póstuma, llamado "París era una fiesta", Hemingway lo contó de manera hermosa y nostálgica, y lo cerró con estas palabras: "Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices".

Pues bien, se ha publicado en castellano la caudalosa novela de Paula McLain titulada "Mrs. Hemingway en París" (Alianza Literaria), que cuenta aquellos días pero a través de los ojos de la esposa del escritor. Hadley Richardson evoca cómo, temprano en las mañanas, Hemingway se marchaba de su casa a escribir en los cafés de la zona sus cuentos en una libreta, todos ambientados en Michigan. Al terminar, se reunían; luego miraban los Monet y los Cézanne, paseaban por el Sena, conocían personalidades. En el 12 de la rue de l`Odéon, en la librería "Shakespeare and Company", Sylvia Beach les invitaba a tomar el té. Solía estar James Joyce y Ezra Pound. En las paredes había obras de Matisse, Derain, Gaugin, Juan Gris y el muy llamativo retrato hecho por Picasso a Gertrude Stein (quien posó noventa veces para él). Y conocerían a Francis Scott Fitzgerald y su esposa Zelda; bellos, hermosos y triunfadores, quienes vivían, cuenta la narradora, con treinta mil dólares por año mientras ellos lo hacían con tres mil.

Y Hemingway seguía escribiendo, en el Café de Flore, en Les Deux Magots, y luego en España. Pamplona y los Sanfermines eternos, le darían las esencias de dos libros hoy clásicos: "Fiesta" y "Muerte en la tarde".

Todo ello, lo encontramos en esta novela que atrapa por la sabia escritura de Paula McLain. Pasea al lector por París, por los libros iniciales y el mundo interior de Hemingway, dueño de una vocación que acabó convirtiéndose en su destino. El maestro de las letras modernas, moriría de un escopetazo, a los 62 años, tras recibir el Premio Nobel, abatido por la depresión causada por la comprobación de que su savia literaria se había agotado.

Esta novela es un sabio retrato del maestro en sus días iniciales, cuando no usaba aún la barba blanca, que fuera el penacho de su fama.

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