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Pandemia y trabajo

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victoria fernández
herrera
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La pandemia ha dejado en evidencia muchas carencias de este mundo tan afecto a la posmodernidad liviana. Entre ellas, la incapacidad de las sociedades para encarar con espíritu crítico aquellos cambios que le resultan necesarios para poder avanzar.

O por lo menos, conformismo y desidia a la hora de enfrentar y mejorar con firmeza lo que estuvo bien, y ahora funciona regular, o directamente mal.

Uruguay es poco propenso a los cambios. Es el país donde la fuerza política mayoritaria y que se dice progresista, es la más conservadora. Entre las vacas sagradas de esta nación freezada figura su estructura en materia de derecho laboral, los fundamentos de la misma, las visiones subjetivas que la han inspirado, un movimiento sindical decimonónico que resiste actualizarse, y una creatividad científica prácticamente anquilosada que vive en permanente culto a las enseñanzas de su mentor más influyente, Américo Plá Rodríguez.

Que quede claro que estás líneas no pretenden devaluar mérito alguno, ni minimizar las contribuciones del insigne profesor, sino hacer notar que la mejor manera de honrar su memoria, quizá sería la de ser más críticos con la realidad, y tan innovadores con nuestra contemporaneidad como él lo fue.

Las bases de nuestro sistema laboral están fuertemente asentadas, lo que no quiere decir que sean las más adecuadas para el momento. También nuestras instituciones de derecho laboral son bien sólidas y afortunadamente protectoras de los más débiles. Nadie duda de nuestro sistema de negociación colectiva -con la excepción claro está de algunas observaciones de la OIT- y todos los actores aceptamos las reglas de juego que tenemos. Las evidentes, y también las otras.

Ahora, ¿no será que la pandemia nos ofrece la oportunidad de dar un salto cualitativo en materia de derecho laboral y lo estamos desaprovechando? En el transcurso de estos meses hemos escuchado hablar hasta el cansancio de teletrabajo, de modificaciones a los regímenes de licencia, de autorizaciones de horas extras, etcétera. Lamentablemente, como corolario de cada uno de estos temas, también oímos voces que claman por regulación.

Es hora que Uruguay despierte. Que espabile y mire más allá de esta América arrasada por el populismo dirigista, y entienda que para proveer desarrollo y prosperidad, es necesario estar en el mundo verdadero. Un mundo, donde las reglas del derecho del trabajo se generan entre las partes. Donde únicamente empleadores y empleados mediante autocomposición crean el ecosistema contractual (y por ende normativo) que será marco de sus relaciones. Un mundo, donde es posible compensar horas extras, pactar sistemas de licencia flexibles que sirven a todas las partes, y donde el teletrabajo no necesita ser materia de regulación del Estado. Porque precisamente regular, es restringir libertades, y en un mundo cada vez más inquieto, rápido, y dinámico, retacear la libertad, controlar actividades, únicamente conlleva retracción laboral.

Es un falso espejismo considerar que detrás de cada regulación laboral hay protección de derechos de los trabajadores. Resulta todo lo contrario. Detrás de cada nuevo impulso regulador lo único que hay es menos trabajo. Nada más. Y sin trabajo, no hay derechos. Y sin sector privado, no hay sector público.

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