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Palabras que dicen mucho y muy mal

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Pedirle a Zelensky que tenga la “valentía” de sacar “bandera blanca” y negociar con Rusia el fin de la guerra, es pedirle que se rinda. El que saca la bandera blanca sin haber recibido del contendiente una oferta lógica de negociación, lo que hace es capitular.

No hay otra forma de interpretar la sugerencia del Papa Francisco al presidente ucraniano. El ejército del país invadido está retrocediendo por la debilidad que le produce el cese de la ayuda norteamericana. La falta de armas y municiones le está allanando a Putin el camino a la victoria. En las actuales circunstancias, y con la posibilidad de que Trump vuelva a la Casa Blanca y corte definitivamente el envío de armas y de dinero, lo único que encontraría Zelensky en una “mesa de negociación” es una lapicera para que firme la capitulación.

El Vaticano explicó que el pontífice no quiso decir que Ucrania debe rendirse. El problema es que lo dicho sólo puede leerse de ese modo. Hubo otras ocasiones en las que el Papa hizo declaraciones que le generaron problemas porque sembraron sospechas. En esta ocasión, ¿realmente no quiso pedirle a Ucrania que se rinda?

Si lo que quiso es ser funcional a Putin, no sería la primera vez.

No fue el único que habló de manera funcionar a un déspota. Cuando agentes del SEBIN se llevaron a Emill Brandt Ulloa, Lula da Silva tuvo una razón más para arrepentirse de haber dicho lo que dijo. Atacando a María Corina Machado, el presidente de Brasil le hizo un favor más a Nicolás Maduro y, un par de días más tarde, los agentes del régimen se llevaron al líder opositor en Barinas y director nacional de campaña de la principal figura de la disidencia.

A esa mujer que está luchando por que se levante la proscripción con que Maduro quiere sacarla de la carrera electoral porque lo derrotaría ampliamente, Lula le dijo “que se deje de llorar y designe un candidato sustituto”.

Citando a Bertolt Brecht, la cruda realidad le preguntaría al líder del PT “qué tiempos son estos en los que es necesario explicar lo obvio”, dándole el nuevo ejemplo de que en Venezuela impera una dictadura calamitosa, que persigue con descaro y crueldad a las figuras de la disidencia que puedan unir la inmensa mayoría que quiere recuperar la democracia.

Los agentes del régimen llevan tiempo apresando y hostigando a los colaboradores más cercanos de María Corina Machado, además de haber encerrado en la siniestra prisión del Helicoide a la activista Rocío San Miguel, quien lleva un mes incomunicada.

Un par de días antes, Nicolás Maduro había participado en un esotérico ritual con pastores evangelistas para reclamar a Dios que levante las sanciones que quedan en pie y también que impida que la Casa Blanca vuelva a aplicarle las que ya había levantado para que el régimen firme el acuerdo negociado en Barbados sobre elecciones limpias y sin proscripciones.

El oscuro ritual en el que participó Maduro es una prueba de que incumplió el acuerdo asumido para el retorno de la democracia. Apuesta a que el espíritu santo impida lo que su último incumplimiento causará: la restitución de las sanciones económicas que Joe Biden había levantado para que se llegue al pacto de Barbados.

¿Qué parte de esta realidad tan obvia es la que no entiende Lula? ¿Por qué permite que un régimen forajido le haga a la dirigente venezolana con más apoyo popular, la misma trampa que Sergio Moro le hizo a él para que el ultraderechista Jair Bolsonaro pueda llegar a la presidencia?: sacarlo de la contienda electoral mediante una patraña judicial.

Si en sus gobiernos anteriores y en lo que lleva del actual, el líder del PT no arremetió contra la independencia de poderes, ni aplicó censuras y persecución política de opositores y críticos ¿por qué consciente con su respaldo a regímenes autoritarios que proscriben y tienen las cárceles colmadas de presos políticos, como los de Venezuela y Cuba?

Para Lula hubo lawfare (guerra judicial) contra Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Kirchner, pero no lo hay contra todos los dirigentes venezolanos proscriptos con el eufemismo de la “inhabilitación”, encarcelados y torturados, o empujados al exilio.

La sugerencia de que “deje de llorar” y designe otro candidato para la elección que se hará el 28 de julio, incluyó su caso como ejemplo de lo que debería hacer Machado.

Lula nombró a Fernando Hadad como candidato sustituto del PT, cuando el juez de Curitiba lo dejó fuera de la carrera electoral, al encarcelarlo para asegurar el triunfo de Bolsonaro. Pero lo hizo en el último segundo antes de que venza el plazo para presentar candidaturas.

Hasta ese momento, Lula da Silva estuvo luchando, con mucha razón, contra el complot de Moro en favor del líder ultraderechista.

Por donde se lo mire, no fue un buen ejemplo, sino más bien una descalificación cínica y absurda de la insistencia de María Corina Machado con su candidatura.

El complot para que gane Bolsonaro tuvo éxito porque el candidato que puso Lula fue derrotado.

También por eso es absurdo que le recomiende a la disidente venezolana que haga lo que a él no le dio buen resultado, sino todo lo contrario.

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