El tema obvio de la semana es el cambio en el sistema de AFAP, y la tradicional (y penosa) claudicación de los sectores pensantes de la izquierda, ante la barra kirchnerista que nunca descansa. Ahora pasaremos meses enfrascados en furiosas peleas, por un tema que no es prioridad para nadie, porque cuatro activistas nos “hackean” la agenda pública. Pero en vez de eso, pensamos enfocarnos en lo que tal vez sea el otro gran freno que tiene un país como Uruguay para dar el salto final al desarrollo. Y es el permanente desaprovechamiento de las oportunidades que se nos presentan frente a los ojos. Es esa sensación de que construimos tremenda jugada, pero cuando se trata de meter la pelota al arco, no terminamos de hacer el gol.
Esa fue la sensación que nos quedó tras concurrir el otro día a un evento en el LATU de la Fundación Tecnolog, para analizar algunos impactos no tan mencionados sobre el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur. Allí hablaron la vicecanciller Valeria Csukasi, Juan Labraga del Ministerio de Economía, y el amigo Ruben Azar del grupo RAS, quien desde hace años busca implantar en el sistema político, el chip de que el sector logístico tiene las condiciones para ser un motor para el despegue del país. Según nos confesó luego, una batalla que viene perdiendo con todo éxito desde hace años.
En el evento se presentó un estudio que marca que el sector logístico hoy genera en Uruguay casi mil millones de dólares por año. Y que el acuerdo con la Unión Europea, si hacemos algunas cosas concretas, podría significar una oportunidad dorada para impulsar ese sector muchísimo más.
Pero el tema va más allá de si la logística genera tanto como el arroz o los lácteos. Incluso, excede lo que habitualmente la gente entiende por logística. De hecho, ese es uno de los grandes problemas que enfrenta esta actividad para lograr imponerse en la agenda frente a otros sectores. Primero, que es un producto intangible, que uno no puede tomar en su mano, mostrar. Segundo, que depende de una cantidad de detalles, de regulaciones, de normas en muchos casos absurdas, y que atraviesan a decenas de reparticiones y de oficinas públicas. Que van poniendo pequeñas trabas, costos, barreras, que conspiran contra el resultado final de manera sorda, pero implacable.
Una comparación que surgió en el evento, era por demás expresiva. Y era que cada año, las jerarquías del puerto, o de las terminales privadas portuarias, hacen un balance de la cantidad de contenedores que pasan por allí. Y todo se reduce a volumen físico, o a cantidad de dólares. Un negocio que es positivo sin dudas para el país, pero es apenas una fracción de lo que podría significar.
Por ejemplo, se nos explicaba que por el régimen de puerto libre que tenemos en Uruguay, por nuestra estabilidad económica y política, y por una serie de reformas que se hicieron hace ya años, el país tiene un marco perfecto para ser el gran centro de distribución de esta zona del continente.
El lugar donde una empresa europea, por decir algo, puede desembarcar sus contenedores y productos, almacenarlos, fragmentarlos para su distribución, y después repartirlos por la región. Es una actividad que multiplica por mucho la riqueza que deja el simple paso de un contenedor, ya que genera cantidad de puestos de trabajo calificados, y no está limitada por nuestra escala nacional. Esa escala que siempre nos aplasta, y hasta nos impone una cortedad de miras, que no nos permite despegar.
Como decíamos, para lograr que una actividad así sea competitiva, para cosechar el potencial que tenemos por nuestro lugar geográfico o por las medidas tomadas hace años por gente un poco más ilustrada, hace falta atender a detalles que no se atienden. Desde lo macro, como facilitar el paso de mercadería en las fronteras, y que un camión no dependa de los horarios distintos de cuatro oficinas estatales burocráticas, hasta evitar la codicia de querer ganar 150 dólares por un sistema de precintos prehistórico, que hoy se podría manejar con un chip de centavos de dólar.
O sea, se precisa que el estado, y el sistema político en general, asuma el potencial que esta actividad tiene para Uruguay, y le ponga la prioridad que merece, a la hora de vendernos al mundo, o de comprender a cabalidad el daño que genera una tasa que apenas busca tapar un agujero circunstancial del presupuesto.
¡Claro! Dicho así, y conociendo el estado uruguayo, parece imposible. Pero los demás países de la región sí lo están viendo, y están tomando medidas a diario que lentamente van minando nuestra ventaja comparativa. ¿Cómo es que ellos pueden, y nosotros no? Una respuesta es la del principio. Porque todo el mundo ahora se va a pasar los próximos meses, peleando por un tema que no estaba en la agenda de nadie. Mientras tanto, nosotros seguimos sin hacer ese maldito gol. ¡Y se nos van a terminar llevando el arco!