Noelia Castillo y el show del suicidio

Al final de Hay una puerta ahí, Fernando Sureda dice las cuatro palabras que Facundo y Juan Ponce de León eligieron como título de su hermosa película. Es una frase enigmática, producto tal vez de la pérdida de lucidez del paciente terminal. Quizás entrevió un umbral, un tránsito hacia otro estado que a quienes habitamos este plano no nos es dado conocer. O fue solo un desvarío.

Me vino eso a la mente cuando me enteré de la eutanasia practicada el jueves pasado contra una muchacha española, Noelia Castillo, tras dos años de enfrentamiento legal con su padre, que trató de impedirla.

El hecho tuvo una inmensa repercusión mediática a partir de una entrevista que le hizo a Noelia la señal Antena 3. Todos los opinantes de las redes sociales se sintieron en la obligación de pontificar sobre la tragedia. El teclado del celular nos da la ilusión de ser jueces del comportamiento ajeno por un rato, entre que pelamos las papas y lavamos los platos. Jueces para acusar a los padres y absolver a la niña o a la inversa. Cualquier verdura con tal de entrar en una conversación global, aun a sabiendas de que en el fondo, a nadie importará nuestra opinión.

Me pareció interesante analizar los sesgos informativos que evidenció la noticia.

El País de Madrid hizo hincapié en “los bulos sobre Noelia Castillo: de la violación de ‘menas’ a la ‘eutanasia por depresión’”. Dicen que la entrevista de Antena 3 desató “una oleada de mensajes para desacreditar la validez de su eutanasia, culpar al Estado y hacer que cambie de parecer”. El diario manifiesta que ha accedido al expediente sanitario de la muchacha y comprobado que no fue violada por una manada de inmigrantes, como acusaron dirigentes de Vox, sino por “tres chicos a la vez”, unos días antes de tirarse por el balcón de un quinto piso y quedar por ello parapléjica. Parece que al periodista le interesara más comprobar la nacionalidad de los violadores que el espantoso delito en sí.

La otra paradoja de esa nota es que intenta refutar que la eutanasia fue practicada “por depresión”, una constatación que descalificaría el procedimiento. Y acá cito las palabras textuales del cronista de El País de Madrid: “Según los informes de psiquiatría de su historia clínica, Noelia presenta ‘síntomas depresivos de forma crónica’, así como un ‘trastorno de adaptación con síntomas de ansiedad y de depresión’. Los informes descartan, sin embargo, que sufra un trastorno depresivo mayor que merme su capacidad de decidir” (sic). O sea que padecía de síntomas depresivos de forma crónica pero no era depresiva. ¡Las cosas que se leen hoy en día en la prensa!

La realidad se impone a cualquier relato: el Estado no impidió que la niña fuera maltratada por su padre ni que fuera violada por tres tipos, sin importar en qué país nacieron. Ni siquiera le tendió la mano para ayudarla a superar su depresión o aliviar los dolores por su discapacidad. Lo que sí le ofrece es una ley de eutanasia para que pueda suicidarse con ayuda. A esto llamamos los avances de Occidente.

Si hubieran advertido al sistema de salud antes de que se arrojara por el balcón, seguramente hubiese aparecido un médico o un trabajador social para tratar de convencerla de que desistiera. Lo mismo si hubiera telefoneado a una línea de asistencia al suicida. En un Estado democrático donde imperan los derechos humanos, el deseo de autoeliminación no es acatado por la sociedad, con ese emotivismo estúpido con que ahora se respeta lo que siente la persona, aunque sea contra su esencial derecho a la vida. Es obvio que no podremos impedir que haya gente que se mate, pero tenemos la obligación de hacer todo lo posible para evitarlo, no por prejuicios religiosos sino por un elemental deber de compasión y solidaridad humana.

Con la muerte de Noelia, el sistema de salud ahorra la plata que costaría el tratamiento de su paraplejia, y la televisión y las redes sociales hacen su agosto con altos índices de rating y clics.

En la aterradora telenovela de la víspera a la ejecución, la madre de Noelia salió a rogar a su hija que no se eutanasiara; leyó una carta en que una persona anónima le ofrecía atención de salud integral, sin importar el costo. La señora mira a cámara y dice a su hija: “si sale de ti y tú lo quieres hacer, yo estoy aquí contigo. Igual que voy a estar para lo malo, voy a estar para lo muy bueno”.

Acá tienen el resultado de su ley de eutanasia, votada y celebrada por el triste parlamento yorugua: una madre “respetando” la decisión de suicidarse de una hija deprimida, en lugar de exigir al Estado hacer todo lo humanamente posible para que supere sus dolores.

La niña lo dijo tal vez mejor que nadie: “quiero irme ya en paz y dejar de sufrir y punto. La felicidad de un padre, de una madre o una hermana no puede estar por encima de la felicidad de una hija”.

Cuando las sociedades que dicen proteger los derechos humanos aceptan pasiva y alegremente que la felicidad de una persona consista en autoeliminarse, retrocedimos a la Edad Media.

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