No somos latinos

Cuando vi el aclamado show de Bad Bunny del entretiempo del Super Bowl, lo primero que me vino a la mente es la canción del Cuarteto de Nos que da título a esta columna. Porque según la crónica de The New York Times reproducida ayer por nuestro diario, lo del puertorriqueño de dicción inentendible fue “una plataforma épica para un intérprete épico, una alineación perfecta entre ambición y ejecución a gran escala”, que “combinó agudeza musical, exuberancia familiar y declaración sociopolítica”.

Lo que vi yo, en cambio, fue un catálogo de lugares comunes de lo que significa “ser latino” a gusto del consumidor yanqui: gente pobre que se dedica a cortar cañas (no a diseñar software), mujeres pechugonas que perrean solas (no escritoras brillantes como Clarice Lispector, Ida Vitale y Ariana Harwicz), ciudades pauperizadas que viven de apagón en apagón (no grandes metrópolis), parroquianos que juegan a las cartas (nunca emprendedores) y un niño que mira la tele mientras llega el nuevo rico a regalarle un Grammy y decirle “lucha por tus sueños, tú puedes”.

Es exactamente la misma mirada condescendiente y pintoresquista con que el realizador John Schlesinger retrató a la ciudad de Montevideo en su película Maratón de la muerte (1976): una selva con cabañas de paja a las que se llegaba en balsas, lugar perfecto para el escondite de criminales nazis.

Es también la mirada de Walt Disney en su película Los tres caballeros (1944), donde el Pato Donald muestra el exotismo alegre y dicharachero de un lorito brasileño y un gallito mexicano.

Es la descripción que hacía un europeo, Nino Bravo, de todo nuestro continente en su canción América (1973): “danzas de guerra y paz de un pueblo que aún no ha roto sus cadenas”. En esa época había países latinoamericanos que vivían en democracia: era la propia España la que no había roto sus cadenas.

Cuando viajamos al llamado primer mundo, todavía muchos uruguayos tenemos que explicar que no venimos de una tierra de charrúas caníbales que además juegan bien al fútbol, y hasta demuestran sus costumbres atávicas mordiendo el hombro de un rival cada tanto.

Bad Bunny pone a todos los países latinoamericanos dentro de la misma bolsa reivindicativa, antigringa y victimista. Juega así a favor de sus supuestos adversarios, los supremacistas blancos que postulan que todos los inmigrantes son delincuentes e infradotados. Y así ocurrió: con su posteo en redes sociales criticando el show, Donald Trump eleva al cantante a la categoría de enemigo personal, con lo cual polariza opiniones, consolidando prejuicios de un lado y del otro.

La realidad de América Latina es mucho más diversa de lo que quiere mostrarla la industria estadounidense del entretenimiento. Me da mucha bronca que un reguetonero tan exitoso como vacío reivindique a mi país y alce mi bandera en un escenario global, omitiendo que acá tenemos músicos y poetas en serio como el Darno, Jaime, Canoura, Rada, Maslíah y Cabrera. No se trata de renegar de pueblos centroamericanos que tienen determinadas tradiciones; en este caso sí le pediría que no hablara en mi nombre.

Porque como dice la deliciosa canción del Cuarteto de Nos, “yo no digo ‘ia está listo el poio’, ni ‘frijoles’, ni ‘arroio’”, aunque “ser chicano esté de moda”. Ya estoy escuchando a los latineros replicándome que me quiero hacer el europeizante. Ni ahí. Onetti y Felisberto son más auténticamente uruguayos que cualquier reguetonero que promueve el perreo, la borrachera y el resentimiento.

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