No sea nabo

El sábado, volviendo de un partido de fútbol, me crucé en la calle con un grupo de autos y camionetas tocando bocina. Todos llevaban banderas de Cuba saliendo por las ventanillas o atadas a los techos. No eran muchos, pero hacían el suficiente barullo como para llamar la atención en la tranquila mañana del último día de febrero.

Yo venía escuchando en la radio las noticias sobre el conflicto en Irán, y al ver la ruidosa caravana y sus banderas, pensé: ¡qué gran día para la libertad y la democracia! Sin pensarlo dos veces, me sumé a los bocinazos.

Es que, ante la escena, asumí que la dictadura cubana finalmente había caído. Que el pueblo en la isla se había liberado de la dictadura que lo oprimió durante casi siete décadas, y que la gente en Montevideo había salido a celebrar el esperado momento.

¡Qué sábado histórico!, pensé. ¡Qué eficiencia la del viejo Trump! En un mismo día logró terminar con el régimen de los ayatolás de Irán y barrer los escombros de la revolución cubana.

Pero al llegar a casa me desayuné del equívoco. El régimen cubano aún respira. Lo que me acababa de encontrar en la calle José Batlle y Ordóñez, no era una celebración por la caída de la dictadura en La Habana. ¡Al revés!

Recién entonces entendí la presencia de algunas banderas del Frente Amplio entreveradas con las del país caribeño. Qué iluso fui. En la emoción del momento, se me escapó recordar que el partido de izquierda que gobierna Uruguay siempre apoyó el régimen de los Castro, así como también lo hizo con el de Maduro y con el que encabeza Daniel Ortega en Nicaragua. En ese instante me bajó el recuerdo de Mujica y su “no sea nabo, Neber”. ¿Cómo pude pensar que la bandera del FA iba a estar presente en una marcha por la caída del faro de luz de la izquierda latinoamericana?

Solo yo.

En seguida leí que la convocatoria a la movilización que había cruzado, fue impulsada por el Frente Amplio y el PIT-CNT, el inefable “Fapit”.

El presidente de la central sindical, Marcelo Abdala, reivindicó la solidaridad histórica de Cuba con Uruguay y aseguró que era momento de retribuir con una movilización. Fernando Pereira tampoco dejó margen a la duda. El partido que preside insiste con el bloqueo yanqui y se niega a definir al régimen cubano como dictadura.

Como siempre, nadie apuntó a la falta de libertades, ni a la persecución a opositores. Tampoco al éxodo de cubanos que huyen de la isla en busca de una vida menos miserable. El foco, en cambio, estuvo en el bloqueo estadounidense.

Porque el problema de Cuba no es el comunismo. Es el imperialismo. Así, acabé entendiendo que aquellos bocinazos de la calle Propios sonaban en defensa de un sistema político que lleva 67 años sin elecciones libres, sin alternancia en el poder y con la disidencia y la prensa independiente amordazadas o erradicadas.

Y la conclusión es clara. El bloqueo es mental y actúa con implacable eficacia en una buena parte de nuestra población.

Para rematar, el mismo sábado, pero en horas de la tarde, cientos de cubanos residentes en el país, hacían en Montevideo lo que no pueden hacer en su patria. Salir a la calle para reclamar el fin de la dictadura, libertad para los presos políticos y el derecho a vivir sin miedo.

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