Los dos momentos de mayor tensión al escribir una columna son el inicio, cómo romper la barrera del cursor titilando en la hoja en blanco; y el final, darla por terminada, concluida, pronta para su envío al diario. Alguien perfeccionista como yo nunca termina de sentirse capaz de mandarla. Me viene cierto temor de estar escribiendo un disparate. Podría decir que es cobardía, pero en realidad es de malacostumbrada por haber tenido a mi madre que durante todos estos años leyó, corrigió y comentó todas y cada una de mis columnas antes de ser enviadas (salvo una que escribí sobre ella y quise darle la sorpresa). Todas, hasta esta.
Sus comentarios habituales eran, “estupenda”, “correcta, pero no me fascinó”, solo una vez me dijo “está bien escrita, pero no estoy de acuerdo con tu planteo”. Aun en el desacuerdo, aunque la mandara de todas formas, sus comentarios siempre me dieron una enorme tranquilidad. Tranquilidad que, por primera vez, no siento hoy ante su ausencia.
Mi madre no era ni muy mayor ni demasiado joven. Tenía esa edad en que es posible pero aún poco probable, aunque su partida no nos agarró por sorpresa. Desde hace varios años le venía jugando una dura pulseada a una enfermedad que poco a poco le fue robando el aire y la vida también.
Sin embargo, si bien soy una mujerona hecha, aunque cuestionablemente derecha, uno no termina de estar preparado para la pérdida de una madre. Significa que nos saquen esa red de contención, que para algunos puede ser un corset, pero para otros es de resguardo.
Es acostumbrarse a un día a día diferente, sin el olor de su perfume, la luz de su sonrisa, la suavidad de sus manos, su elegancia deslumbrante, su humor inteligente.
Sin nuestras eternas charlas sobre todo y sobre nada al mismo tiempo, sus recomendaciones literarias, sus abrazos que fueron frágiles el último tiempo pero que nunca perdieron intensidad, su manera de rascarme la cabeza cuando la apoyaba en su falda. Sin sus comentarios sobre mis columnas.
Es revivir partes de su vida a través de sus cosas, fotos, apuntes, archivos, documentos, y descubrir otras que no conocía. Es también perder partes de la mía, esos momentos de mi infancia que no recuerdo, que el consciente no llegó a registrar y que solo ella atesoraba. Porque sentir su ausencia es recordar su vida.
Carlos Ruiz Zafón decía: ¨Existimos mientras alguien nos recuerda. Existimos porque nos han reconocido, porque resonamos en los demás. Probablemente sea la huella más importante que dejamos”.
Encuentros, desencuentros, despedidas, alegrías, recuerdos. De eso se trata la vida y a través de la huella que dejamos es que trascendemos. Y vaya si ella lo logró.
Gracias a ustedes, lectores, testigos involuntarios de semejante complicidad previa a cada columna. Gracias por ese regalo de todos estos años. Si de ahora en más alguna columna no está a la altura de las circunstancias, sepan disculpar, sabrán entender. Y si alguna les gusta mucho, sepan que ella estará feliz.
En cualquiera de los dos escenarios, me hace mucha ilusión saber que desde donde esté, me lo hará saber.