Ni lejano ni ajeno

Como todos los días de elecciones, hoy es uno donde a la vez conviven el bullicio y el silencio. Está el intenso tránsito de personas que van desde sus casas a sus circuitos, pero esperan callados su turno y votan. El ruido y el movimiento es constante aunque cada votante guarda para sí lo que tiene decidido. El concepto del voto secreto está profundamente arraigado. Se va perfilando un resultado adentro de las urnas, pero nadie lo conoce. Está, los dados ya fueron echados, pero todo recién se sabrá esta noche.

Estas elecciones ocurren en un momento convulsionado del mundo, en que están cuestionadas las convicciones sobre lo que debe ser una democracia republicana que conviva en libertad. Se vota, es verdad, pero en muchos lugares el ganador se transforma en un déspota que desprecia a las minorías, horada las instituciones de un Estado de Derecho y se instala como un mesías enviado a salvar a su país.

Uruguay figura en ese mundo convulsionado, como una de las pocas democracias plenas. Se trata de un valor a cuidar en tiempos donde tantos gobernantes y tantos pueblos, prefieren ir en la dirección contraria.

Por eso esta elección importa: es una señal de que es saludable y posible convivir en democracia.

En mi reciente libro señalo mi preocupación sobre lo que llamo “el asedio a la democracia” y paso lista a las muchas situaciones en el mundo donde ese asedio es visible. Desde Maduro a Bukele, desde Erdogan en Turquía a Orban en Hungría. Están las experiencias de Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Algunos ya se fueron, pero el mal persiste. En Europa hay partidos ultranacionalistas que intentan llegar al poder; son amigos de Putin y apoyan a Rusia en su expansionismo territorial. En España se habla de Vox, pero además hay grupos como Podemos y Sumar, o están los partidos independentistas catalanes y del País Vasco marcando una impronta de superioridad nacio- nal que desprecia al resto de España y contamina el funcionamiento de la democracia. Al hacer alianzas con ellos para mantenerse en el poder, el PSOE de Pedro Sánchez pierde sus referencias históricas y sus principios.

En el mundo angloparlante Boris Johnson intentó imponer un estilo arbitrario y de desprecio a las instituciones. Por fortuna su propio partido le puso freno. En Estados Unidos Donald Trump vuelve y lo hace también a partir de sus caprichos, y su desprecio a las reglas y a la verdad.

En Argentina una Cristina Kirchner arbitraria y autoritaria cruzó los límites y llevó al país (ella y su títere designado, Alberto Fernández) al desastre económico. Apareció un mesías que con tenacidad intenta revertir esa dramática herencia económica. El problema es que el enorme daño hecho por el kirchnerismo no solo afectó lo económico, sino además lo institucional. Su desprecio a la democracia, a la separación de poderes, a la independencia de los jueces fue monumental. A Milei no le interesa cambiar eso. Y si bien hasta ahora no hizo nada por fuera de la Constitución, hay reglas del juego democrático que le son indiferentes, con lo cual en Argentina se sigue consolidando la cultura populista. Desde que asumieron los Kirchner hasta hoy, ese país vive en un estado de constante crispación. Dos décadas enteras donde unos insultan a otros y ahora con agresiones de tipo soez.

Estos gobiernos comienzan siendo exitosos. Milei contiene la inflación, uno de los dramas (no el único pero tampoco uno menor) que debió afrontar al asumir. Bukele bajó la criminalidad a niveles extraordinarios. El problema es que el estilo prepotente da éxitos de corta duración pero luego no hay cómo salir. El caso venezolano es clarito. Ni siquiera las elecciones sirven para un relativamente digno final al régimen. Para los Maduro no hay final ni hay dignidad, solo poder por el poder mismo.

Se empieza a hablar de que es hora de acordar la paz en las dos crueles guerras que marcan esta época, más con el retorno de Trump a la Casa Blanca.

Todos quieren la paz y sería deseable que terminen los baños de sangre en Ucrania y en Medio Oriente. Pero a veces la paz implica reconocer la victoria al que inició la masacre, al que invadió tierras que no eran suyas. Una paz que le reconozca territorios arrancados por la fuerza a Putin y limite la soberanía de Ucrania no es paz. Ni para Ucrania, ni para Europa, ni para el mundo

Una paz que cese el fuego en Medio Oriente es dar lugar a un rápido rearme de los grupos terroristas Hamás y Hezbollah para que en poco tiempo vuelvan a atacar a Israel.

Ese en este contexto mundial en que hoy los uruguayos votan a un gobierno que deberá convivir con una realidad que parece lejana y ajena y no es lo uno ni lo otro.

Basta un simple traspié para perder el sentido de la realidad y dejar de ser la democracia plena que somos. Por eso importa que la votación de hoy sea una manera de consolidar la democracia que tanto costó construir y dar más espacio a una libertad que es esencial a la vida y desarrollo de sus habitantes.

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