JAVIER GARCIA
Nelson Fernández es un periodista muy respetado en el Uruguay y fuera de aquí. Lo es por una sencilla razón, es profesional y hace bien su trabajo, tan simple como eso. Desde hace años transita ejerciendo su profesión en diversos medios, y quienes lo conocemos por la normal relación que existe entre quienes ejercemos la vida política y quienes la comunican, sabemos de su rigor técnico.
Con él se puede discrepar profundamente o coincidir, pero aun en la primera de las circunstancias a nadie se le ocurriría decir que inventa noticias, o por lo menos que las tergiversa de acuerdo a intereses personales o periodísticos. Esta característica de Fernández es la que también tiene la enorme mayoría de los periodistas uruguayos, con los cuales uno se puede encontrar en la calle o en el supermercado, hablar animadamente, preguntarnos sobre nuestras familias, y luego, al día siguiente, leer su opinión sin que la cercanía del trato comprometa la seriedad, no ya la independencia porque no creo en la misma como valor absoluto de ningún ser humano, pero sí en la seriedad que respeta los hechos.
La relación entre periodista y político no es fácil, pero es menos difícil cuando ambos poseen honestidad intelectual. Es una relación sinuosa y muy debatida, son dos mundos unidos pero al mismo tiempo de intereses eventualmente contrapuestos.
Lo que hasta ahora nadie se había atrevido es el intentar hipotecar el prestigio profesional de un periodista sembrando dudas sobre la veracidad de las declaraciones que se hicieron y luego se niegan. Es decir poner en duda que lo que se dijo y acordó que se difundiera como lo hizo el presidente Vázquez con Fernández, después el propio Vázquez lo desmintiera. El presidente le anunció que Uruguay se iría del Mercosur, y luego lo desmintió por voceros. Si no le importa jugar con la reputación de un periodista, con todas las posibilidades que este tiene, ¿por qué debería importarle un ciudadano común? ¿Si no le importa poner en tela de juicio la ética de un profesional para obtener un resultado político ajeno a este profesional, por qué no pensar en que usará a cualquiera con tal de obtener un resultado?
Es entendible que un gobernante deba, en algunos casos, mantener reserva sobre temas que si ven la luz pueden comprometer objetivos nacionales, y aun la propia seguridad. Lo que nunca se vio es que un presidente utilice a un periodista para enviar mensajes, y luego niegue lo dicho, poniendo en riesgo la credibilidad del profesional. Pero como el periodista en cuestión es muy serio, y el propio Vázquez no dudó en hacerle lo mismo al vicepresidente con la famosa disolución de las cámaras en caso de votarse la despenalización del aborto, o cuando negó un acuerdo que todo el mundo vio que hizo con Kirchner para detener las papeleras, el creíble es Fernández y no Vázquez.
Reitero, si no le importa el respeto que se tenga por otro y lo utiliza, eso no habla de inteligencia, sino de falta de ciertos valores. Si hacer estas cosas se considera un rasgo de inteligencia política o picardía, y si se lo admite del propio presidente, es porque hemos dejado de considerar la honestidad como un valor.
No he visto a la Asociación de la Prensa, aún, reaccionar frente a esto, pero están frente a una de las peores agresiones a la ética profesional propinada, en este caso, por el propio presidente.
No hay fin que justifique cualquier medio y menos el de disponer del prestigio y el honor del otro como material de descarte.