Hay una histórica cita de ese filósofo contemporáneo llamado Bart Simpson, que se aplica con exactitud a lo que vivimos ayer con la selección. “Homero, no esperaba nada de vos, pero igual lograste decepcionarme”.
El amable lector, que vino a esta espacio buscando escapar a las noticias del mundial, a distraer la tristeza de la expresión de ese hijo o nieto que se pasó meses juntando figuritas o discutiendo sobre las estrellas en la camiseta, dirá “¡pá! ¿vos también vas a hablar de fútbol?” ¡Y sí! Primero, porque esta frustración, tal vez la peor desde los 6 goles de Dinamarca, tiene en un país como Uruguay, una relevancia cultural que va más allá de la pelota. Y segundo, porque todo lo ocurrido con esta selección explica cosas más profundas sobre el estado del alma actual del país.
Lo primero que hay que decir que todos los que alguna vez fueron a una cancha de fútbol tenían claro: esta selección uruguaya era un desastre, y no se podía esperar mucho. Pero incluso con esos estándares de exigencia, esto fue bochornoso. Quedar eliminado con Cabo Verde, que tiene 400 mil habitantes, con Arabia Saudita, puesto 61 en el ranking FIFA, ni siquiera poder figurar entre los mejores terceros... es una cachetada al amor propio nacional.
Ni que hablar que escuchar al comentarista Bardanca decir que el partido con España “al menos nos mostró que podemos competir a este nivel” es como para pedir la nacionalidad de Bután. Que encima lo haga desde una plataforma en la cual el estado uruguayo, ese que le pichulea en los juzgados un medicamento a Gonzalo Moratorio, se gastó más de 4 millones de dólares para tener nuestro “fútbol para todos” provincial, supera todo lo soportable.
Pero ahí tenemos una cosa clave que dice este papelón sobre la sociedad uruguaya. Un problema enorme a la hora de repartir los premios y castigos a nuestros líderes y referentes.
Y si no fíjese lo que pasó con Suárez, el tipo que más alegrías le dio al país en décadas, el que representó como pocos la identidad de nuestro fútbol, y dejó el alma como nadie. No sólo vio el mundial desde una tribuna, mientras sus compañeros de generación Messi y Ronaldo se cansan de hacer goles. Sino que cuando salió a denunciar que el clima interno en la selección estaba roto, que Bielsa era un tipo tóxico que estaba pudriendo la cabeza de los jugadores, y que ni siquiera les hablaba bien a los funcionarios de la concentración, muchos uruguayos lo crucificaron y trataron de “buchón”.
Entre Luis Suárez, y un argentino, medio “emo”, ordinario, y que encima se pasa dando lecciones de filosofía de póster de feria, elegimos al segundo.
Una segunda lección que nos deja esto sobre la sociedad uruguaya actual es la imposibilidad de identificar dónde está el problema, y preferir un autoflagelamiento ridículo.
Ahora algunos dicen que Uruguay es esto, que no tenemos una buena generación, que la culpa es de los jugadores. Es como cuando se culpa de la basura en las calles de Montevideo al ciudadano, y no al burócrata que cobra dos millones de dólares por día para hacer ese servicio y no cumple. O cuando la mitad de los jóvenes no termina el liceo, y la culpa es de todos, de la falta de plata, y nunca de los que manejan el servicio hace décadas como si fuera de su propiedad.
Y acá llegamos a un tercer punto clave que lo ocurrido en el mundial nos dice sobre nosotros como país. Y es eso que podríamos llamar “el síndrome Nacional-Peñarol”. Esa cosa binaria, tóxica, que en cada ámbito nos divide en dos bandos irreductibles.
Porque todo el mundo sabía que Bielsa no podía dirigir este mundial. Está viejo, amargado, más loco que nunca. El equipo no jugaba a nada hacía dos años, y encima nos comimos 5 goles con EE.UU. ¿No lo vieron Alonso o Giordano? ¡Sí, claro! Pero se decía que echarlo salía mucha plata. ¿Más plata que lo que perdimos por no pasar la serie? No. El tema es que probablemente en su guerrita civil con el mundo Tenfield, que había tomado a Bielsa como lógico flanco débil donde golpear a esta conducción de la AUF, echar al argentino era dar el brazo a torcer. Entonces pusieron su interés pequeño y personal por encima del bien general. Si este bochorno se salda sólo con la salida de Bielsa, con la muerte civil de Muslera, y no se exigen culpas a los responsables finales del proceso, nos merecemos no ir a un mundial por 20 años más.
Pero no hay que quedarse con el vaso vacío. Este papelón de la selección nos puede dejar algo bueno. Si nos obliga a ponernos frente al espejo, y diferencia de lo que hace el señor Bielsa, somos capaces de mirarnos a los ojos, tal vez hayamos dado el primer paso para superar una serie de problemas que van bastante más allá del fútbol.
Y si no, como dijo un juez alguna vez, “téngase por desahogado”.