Momentos de "micrófono caliente"

A todos los políticos les pasó o les puede llegar a pasar. Son los famosos hot mic moments, exabruptos que pronuncian creyendo que lo hacen privadamente, mientras un micrófono erróneamente abierto o una cámara que ha seguido grabando, los amplifican inesperadamente.

Le pasó en estos días al presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva. Conversando informalmente con la directora del FMI, Kristalina Georgieva, dijo: “Yo nunca fui de izquierda, fui un líder sindical”. (¿Habrá querido decir que fue un líder sindical de derecha?) Si algún problema le faltaba a la crisis de identidad de la izquierda latinoamericana, ahí llegó el perjurio de su más exitoso representante continental.

La gaffe se produce en el contexto menos oportuno: en una cumbre del G7 y ante un organismo internacional siempre denostado por la izquierda principista, y se da en el mismo momento en que esta asiste estupefacta al triunfo de Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia (anteayer, la inefable Deutsche Welle tituló “La ultraderecha toma el poder en Colombia”, como si no hubiera ganado las elecciones).

La historia de los hot mic moments tiene antecedentes memorables.

En 1984, Ronald Reagan casi provoca una conflagración global por un chiste que dijo en una prueba de sonido, sin saber que estaba al aire: “Mis compatriotas estadounidenses, me complace anunciarles que he firmado una ley que proscribe a Rusia para siempre. Comenzamos el bombardeo en cinco minutos”.

En 2002, Jorge Batlle dijo la famosa frase de “los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último”, sin saber que una cámara de la cadena Bloomberg seguía en REC. Fue el caso más contradictorio de todos, porque al mismo tiempo que generó una pequeña crisis de relaciones entre los dos países, también cimentó la popularidad de Batlle en la nación vecina: muchos creían que, específicamente en lo referido al sistema político, en el fondo tenía razón.

En 2012, Barack Obama creyó estar hablando en privado con su par ruso Dmitri Medvédev, en una cumbre sobre seguridad nuclear en Corea del Sur. “Esta es mi última elección”, le dijo. “Después de mi elección tendré más flexibilidad”. “Entiendo. Le transmitiré esta información a Vladimir”, contestó Medvédev, refiriéndose al presidente entrante Vladimir Putin. Los republicanos aprovecharon la filtración para acusar a Obama de hacer concesiones contra la seguridad nacional estadounidense.

En 2013, el entonces presidente uruguayo José Mujica conversaba informalmente con el intendente Carlos Enciso sin advertir que su micrófono estaba abierto. De ahí la inolvidable frase “esta vieja es peor que el tuerto”. Como en el caso de Batlle, muchos argentinos lo aplaudieron -y la historia demostró que no le faltaba razón-, pero a nivel binacional incomodó esa fractura expuesta entre dos izquierdas gobernantes que retóricamente se declaraban tan afines. Sin embargo, como todo en Mujica, se impuso el “como de digo una cosa, te digo la otra” y no pasó a mayores.

Son algunos de muchos ejemplos de discordancia entre discursos públicos y filtraciones privadas. Dentro de esta categoría deberían incluirse también las viralizaciones de audios de WhatsApp y conversaciones telefónicas, que en esta era de escándalos para generar clics, están en su apogeo.

Es tal vez uno de los mayores riesgos de trabajar en política: el off the record dejó de existir: cada cosa que uno diga, incluso en forma íntima a personas de su más absoluta confianza, puede convertirse mañana o dentro de unos años en su propia lápida.

¿Tiene derecho el político a expresar discretamente opiniones que difieran con las que dice en público? Un análisis purista respondería que no, que lo que revelan los hot mic moments es el verdadero talante de las personas, más allá de la máscara con que quieran presentarse ante los demás.

Como comunicador que ha visto muchas cosas en su vida, voy a opinar en contra de ese confortable purismo.

Quien se agravia de que un político diga un disparate o haga una broma de mal gusto, ¿puede tirar la primera piedra? ¿Acaso no tenemos todos un discurso privado mucho más suelto e irreflexivo que el que hacemos público? ¿Por qué hay personalidades a las que se les ha permitido decir exabruptos -pienso, sin duda, en Mujica- mientras a otras se las persigue con los perros de caza de la corrección política?

El celo excesivo contra los sincericidios de micrófono abierto va de la mano, contradictoriamente, con un auge cada vez más notorio de los insultos proferidos a los cuatro vientos.

La gente se harta de las buenas maneras y termina aplaudiendo al que carajea y humilla, en una lógica tuiteriana que embarra la convivencia democrática. Como consecuencia de ello, el centrismo ideológico se hunde lentamente, como Venecia, mientras los extremismos antisistema de ambos bandos, se apropian de la agenda y la simpatía popular.

La verdad es que prefiero un hot mic moment cada tanto, a la deriva populista de puteadas y patoterismos.

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