Milei en su rol de insultador serial

En los rincones del planeta donde aún hay democracias gobernadas por centristas, causará estupefacción ver al presidente argentino ametrallando de insultos y descalificaciones a las autoridades brasileñas durante su visita a ese país. Incluso los Estados no democráticos que entienden la importancia de la diplomacia para evitar caos y guerras en el escenario mundial, se preguntarán por qué Javier Milei se atribuye el derecho a ofender a la sociedad brasileña y si es capaz de entender la gravedad que tiene interferir de manera tan violenta en la política interna de Brasil.

A la dirigencia oficialista y al electorado que la llevó al gobierno los llamó “zurdos de mierda” y “basura socialista”. Al presidente lo trató de “presidiario”, se refirió a los funcionarios y dirigentes del PT como “socialistas ladrones”, mientras que al miembro del Supremo tribunal federal (corte suprema de Brasil) Alexandre de Moraes lo llamó “basura calva”.

Muchos en el mundo y en la mismísima Argentina se preguntarán si Milei entiende cabalmente la responsabilidad institucional de su cargo; si puede diferenciar entre el rol del mandatario de una democracia, limitado a representar a toda la sociedad que le confirió el mandato, y el autócrata de un régimen que tiene ínfulas de “soberano” y actúa en nombre de sí mismo sin importarle la sociedad.

En el Estado de Derecho el voto no transfiere soberanía. El soberano sigue siendo el pueblo, en su totalidad. Es la totalidad de ese mandante la que transfiere al elegido un mandato.

Por eso el mandatario no puede permitirse ser grosero ni ejercer violencia retórica contra la oposición interna y contra los gobernantes extranjeros de distinta posición política.

Muchos en Argentina sentirán vergüenza de que su presidente haya viajado a San Pablo para participar en un acto del candidato ultraderechista, descargando una metralla de agresiones verbales contra Lula da Silva, contra el juez supremo Alexandre de Moraes y contra la centroizquierda que gobierna Brasil en general.

Lula tiene una política exterior que ofrece flancos para la crítica. Igual que muchos presidentes desde principios del siglo en marcha, se asomó a procesos electorales vecinos para apoyar al candidato de sus cercanías políticas.

Eso está mal. Es incorrecto. Pero una cosa es apoyar a un candidato de otro país elogiándolo, y otra cosa es apoyarlo insultando a la dirigencia opuesta al candidato amigo.

Hugo Chávez protagonizó injerencias que se pasaron largamente de la raya, inaugurando una era negativa de injerencia descarada.

Pero ni el demagógico líder venezolano ni los demás que también cruzaron esas fronteras llegaron a los niveles de violencia verbal y gestual del actual presidente argentino.

No sólo en Brasil se toma la atribución de acudir a un acto proselitista y bombardear de insultos al presidente local y a sus votantes y seguidores. Lo hizo en otros países, con particular insistencia en España, donde ingresó varias veces (sin saludar protocolarmente a los representantes de ese Estado) para participar en actos de la ultraderecha y descargar desde esa trinchera su arsenal de insultos contra el jefe de Gobierno Pedro Sánchez.

Sobre la razón de esa conducta, parece la confluencia de su devoción por Donald Trump y su personalidad, marcada por ciertos rasgos patológicos perturbadores, visibles desde su irrupción en el escenario público protagonizando escandalosas peleas en programas de chismes faranduleros.

Por un lado, como insinuó un análisis del periódico británico The Guardian, actúa como representante de Trump, o como el agente del “trabajo sucio” que el jefe de la Casa Blanca envía a países cuyos gobernantes aborrece, para que los acribille a insultos protagonizando graves y peligrosos estropicios diplomáticos.

Muchos analistas lúcidos y centristas explican de ese modo las desopilantes sobreactuaciones de violencia retórica y gestual que protagoniza Milei en escenarios políticos extranjeros.

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