Mi tatarabuela Antonia

Mañana se cumplen 92 años de la muerte de mi tatarabuela Antonia Carzolio Piano, hija de los primeros italianos llegados desde Liguria a Uruguay y nacida en Montevideo en 1846. Se casó en primeras nupcias a los 16 años y tuvo tres hijos en provincia de Buenos Aires, donde emigró con su marido, ya que los italianos eran bien recibidos allí en los años 1860 y había muchas oportunidades de prosperar; enviudó inesperadamente en 1868, y se casó luego en Montevideo con Eugenio Vigliani, con quien tuvo cinco hijos más hasta 1881. Murió con 85 años: una vida larga, que cumplió la promesa de hacerse la América prosperando con trabajo y dedicación, y de formar una familia amplia con esperanzas de un futuro aún mejor que el que sus padres habían logrado al atravesar el Atlántico desde Génova.

La historia de Antonia no tiene nada de particular, si no fuese que llama la atención por ser tan distinta al cotidiano de quienes llegan a la vida joven-adulta en esta década de 2020. Obviamente, no estoy hablando de las diferencias radicales en cuanto a comodidades y calidad de vida, aunque ciertamente Antonia formó parte de la generación que inició su vida moviéndose a caballo y alumbrándose con velas, y terminó conviviendo con automóviles y trenes, y electricidad para escuchar a Gardel en la radio o disponer de heladera en la casa. Me refiero más bien a las capacidades para poder realizar lo que hoy llamamos el proyecto de vida de cada uno, tanto en lo material como en lo espiritual.

En lo material se trató de una generación que tuvo confianza en el futuro, trabajó y salió adelante: el final de sus vidas, es decir, el final de 1920, los encontró con una situación social y económica mucho mejor que lo que fue el Uruguay de la Guerra Grande, por lo que el esfuerzo valió la pena. Y fueron centenares de miles los italianos, franceses y españoles que así pensaron y decidieron emigrar a lo que se conoció como la “California del Sur” en el tercer cuarto del siglo XIX. Hoy la situación es totalmente opuesta: hace medio siglo, por lo menos, que son más los uruguayos que se van que los que vuelven a la Patria, porque ya no somos aquella promesa de antaño.

En lo espiritual también hay una enorme diferencia. No hay por qué suponer que las mujeres de la generación de Antonia fueran radicalmente infelices, al realizarse como madres jóvenes de varios hijos y esposas que cumplían tareas domésticas. Con el paso de las décadas, es evidente que los roles familiares han cambiado, y se abrieron bienvenidos y nuevos horizontes sociales y profesionales: en la época de Antonia, por ejemplo, no había candidatas a presidente.

Sin embargo, no estoy tan seguro de que las grandes mayorías vivan hoy esos cambios como algo siempre positivo: es que el rol tradicional de madre y esposa, que sigue siendo muy potente, no se realiza tan fácilmente como antes. Hoy, hay quienes quieren impedir el matrimonio de mujeres menores de 18 años; y también son demasiadas (y muy silenciadas en su frustración) las mujeres mayores de 35 años sin hijos que sufren por no haber logrado reunir las condiciones sociales y económicas necesarias para formar una familia.

Pensando en comparación, aún hay mucho para aprender de esa generación de Antonia que ayudó a construir el mejor Uruguay.

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