Nuestro país, en sus buenos tiempos, supo ser un país más cosmopolita de lo que es ahora: de visión cosmopolita. El desahogo económico permitía levantar la cabeza y mirar para afuera; la moneda fuerte permitía desde la compra de libros hasta la contratación de compañías de ópera de primera línea. En los tiempos que corren, vísperas del otoño, después de una buena temporada turística y de buenas cosechas de verano, dejado atrás el pánico de la crisis financiera, se puede prestar atención nuevamente al horizonte universal. Hay que volver a levantar la mirada y enterarse de lo que pasa mundo afuera; primero en la región, luego en el mundo de cuya civilización formamos parte y, finalmente, sin excluir ese mundo del que no formamos parte (pero es el mundo).
El personaje novedoso de ese mundo de cuya civilización no formamos parte y que ocupa actualmente el centro del escenario, produce todas las sorpresas y atrae todas las miradas (y las inversiones) es China. Pero hay otro actor, igual de importante, y para nosotros mucho más cercano (no obstante las apariencias): la India. Y una empresa de ese país, de porte mundial (la empresa) se ha instalado en el Uruguay. No tiene nada que ver con las tiendas pero se llama Tata, está instalada en la Zona Franca de Montevideo y se dedica al ramo de la computación. Hay que tener en cuenta que la empresa que domina el mercado mundial de la fabricación de chips de computadora es la Intel, de Estados Unidos. Pues bien. La India es el único lugar fuera de los Estados Unidos donde Intel, además de fábricas, montó un centro de investigación y desarrollo de nuevos chips.
La India es un gigante paradójico y contradictorio: tiene 150 millones de habitantes que son parias, llamados intocables, segregados y relegados a los últimos escalones de la sociedad; tiene millones de vacas sagradas que andan por las calles entorpeciendo el tráfico, y tiene 350 millones de personas que han nacido, viven y morirán en la calle, sin haber conocido nunca ni un techo, ni una cama, ni un cuarto de baño. Pero la India tiene una clase media de 100 millones de personas, hace 5 años que su economía viene creciendo a un ritmo promedio del 6% anual, le entran cuatro mil millones de dólares de inversión extranjera, y allí se reciben por año 300.000 ingenieros, matemáticos y profesionales de alta tecnología. Se calcula que el año que viene se habrán desplazado desde Estados Unidos a la India un millón de puestos de trabajo de alta calificación.
La China asombra a todo el mundo porque se ha convertido en un coloso de la manufactura: puede armar cualquier cosa, copiar cualquier cosa, y todo por la mitad de precio. Pero la India tiene una ventaja incomparable (y es lo que la hace más cercana a nosotros, a pesar de todo): la India tiene un alfabeto de 26 letras y puede usar un teclado de computadora. No hay teclado para los dos mil o cinco mil caracteres del chino.
La India fue colonizada por los ingleses; éstos habrán robado todo lo que Ud. quiera, pero después de trescientos años de régimen colonial dejaron el gusto por las ciencias exactas, una tradición educacional rigurosa y, sobre todo, dejaron el idioma. Con todo eso y con los grandes centros del mundo interconectados por fibra óptica y comunicación satelital de alta velocidad, trabajar en Bombay o trabajar en el Silicon Valley da lo mismo, sólo que en Bombay es mucho más barato. Además, el idioma no es sólo el idioma: uno piensa según el idioma en que habla.
En este mundo de hoy no importa tanto dónde uno vive sino cuánto uno sabe. Si en algo importa la ubicación geográfica del domicilio, en nuestro caso es una ventaja. La gran cualidad que tiene la persona cosmopolita y de mente abierta es que son muy pocas las cosas que le parecen cosas raras.