Hace unos días escribí aquí un artículo, a raíz de la Pascua, analizando la relevancia existencial de no escurrir el bulto a un encare serio sobre las opciones de la fe.
Hace unos días escribí aquí un artículo, a raíz de la Pascua, analizando la relevancia existencial de no escurrir el bulto a un encare serio sobre las opciones de la fe.
Como me ha ocurrido otras veces, provocó reacciones y respuestas. Muchas favorables y coadyuvantes, otras no. Es normal. Solo que entre las últimas, hubo algunas muy virulentas, condenando violentamente lo que consideraban un desplante de soberbia que, además, encarnaba una amenaza social.
Tal parece que algunos leyeron en el artículo que yo hacía una comparación entre creyentes y agnósticos, ensalzando a los primeros y menospreciando a los segundos, para luego avanzar, infiriendo que esa postura subversiva era la plataforma de lanzamiento para una invasión dogmática sobre quienes creen que no creen o que creen en otras cosas.
Grave error. Que si tiene asidero en lo que yo escribí, desde ya pido perdón por ello y paso inmediatamente a explicarme.
No hay duda de que el hombre tiene opciones de resolver cuáles habrán de ser los fundamentos de su existencia. Muchos las ejercen activamente, otros por pasiva. Pero que se elige, se elige.
Tampoco puede haber dudas de que todas las opciones son de fe: el que cree tiene fe en lo que cree y el que no cree tiene fe en que lo trascendente no existe. Hay fundamentos racionales, sobre todo para el primer caso, pero en ambos, la decisión última es un acto de fe, (lo que no es sinónimo necesario de irracional).
Hasta aquí creo que nadie debería corcovear.
Pero hay que avanzar más: puede causar resistencia, pero es igualmente cierto que no todas las opciones de fe son objetivamente iguales (lo cual nada tiene que ver con la discusión acerca de cuál es cierta o creíble y cuáles no). Así, una opción de fe que consiste en creer que el fin último del ser humano es la muerte es -objetivamente- inferior a otra que cree en una trascendencia, sobre todo si en su esencia está la comunión del hombre con Dios.
Esto no significa que el creyente en Dios es por esto superior al creyente en la nada. Ni tampoco que Dios o la nada existan o sean reales por el hecho de que yo crea en uno o en otra.
Precisamente porque no hay creyentes de primera y de segunda y porque una opción de fe es de la esencia de la naturaleza humana, es que se debe, no solo dar (respetar) libertad, sino incluso fomentar el ejercicio activo de esa libertad. Bloquear eso es amputar una dimensión esencial del ser humano y a nadie le ha sido dada autoridad para cometer semejante atropello. Encuadrando la cosa en términos de shibboleths contemporáneos, se trata, ni más ni menos, que de un derecho humano fundamental.
Ahí estaba el meollo de mi artículo, que tanta polvareda parece haber levantado.
Apuntaba a demostrar que la opción practicada en el Uruguay desde el Estado y con su poder, llamada laicismo, es, en primer lugar eso: una opción, pero que se impone a la gente, mutilando una dimensión fundamental a la existencia del ser humano. Nuestro laicismo no es algo neutro. Es una opción excluyente de todas las opciones de fe en la trascendencia del ser humano.
Es igualmente equivocado pero, además, irracional, cargar esa opción llamada (en Uruguay) laicismo de todo un contenido atávico de temor ante fantasmagóricas amenazas de dominación, provenientes de la Iglesia Católica, vestidas de ropajes históricos truchos.
Sin entrar en una discusión inútil sobre tiempos pretéritos, no hay amenaza alguna. Es un cuco viejo. Uno de tantos que pueblan nuestra cultura y son agitados cuando aparecen ideas o valores distintos al cerno cultural conservador yorugua.
No está en la esencia de la Iglesia, ni en la mente de sus jerarquías movilizarse para recortar la libertad de nadie, precisamente porque esa esencia -el amor de Dios- presupone libertad. Y para los más escépticos, una simple mirada a la realidad basta para percibir que la Iglesia no tendría la fuerza y los medios como para realizar los temores que agitan esos detractores, aun si hubieran acertado en su práctica de pensar mal.
Pero independientemente de todo eso, es hora de que los orientales reflexionemos en que por la práctica de ese llamado laicismo, decimonónico, somos culturalmente menos libres y, por ende, proclives a no desarrollarnos en toda la plenitud de nuestra naturaleza humana.
¿Me explico?