Montevideo siempre ha sido un puerto de transbordo y complemento de cargas. Su ubicación y su mayor profundidad relativa respecto al canal principal de navegación del río y los puertos aguas arriba, le han asegurado una ventaja competitiva. En buena medida, la existencia política y el desarrollo económico y social de nuestro país se ha fundado en esa característica geográfica. Pero no alcanza con ella.
Los manuales de navegación de mediados del siglo XIX, advertían que Montevideo tenía una profundidad de 8-10 metros en la rada y 4,20 - 5,00 metros en el puerto mismo. En contraste, el puerto de Buenos Aires tenía una profundidad de 5,80 - 6,00 metros en la rada y 3,3 - 5,0 metros cerca de la ciudad. A lo que se sumaba la compleja navegación entre Montevideo y Buenos Aires, con sus bancos de arena.
La preocupación por la profundidad de la bahía y del puerto se remonta a más de dos siglos. En los últimos años del período español, cuando San Felipe y Santiago era el principal puerto del Río de la Plata, el gobernador José Bustamante y Guerra expresó su preocupación por lo que se percibía como una pérdida de profundidad del puerto y reclamaba machinas, dragas operadas a mano, para mantenerla. En la década de 1830 se compró una básica draga a vapor y algunos lanchones de hierro para mejorar el puerto. La draga no tenía la potencia necesaria y los lanchones terminaron varados en la playa Capurro.
A fines del siglo XIX, el incremento del comercio exterior (entre 1880 y 1913 el movimiento de cargas del puerto pasó de 957.518 toneladas anuales a 1,6 millones de toneladas), el desarrollo de la navegación a vapor, la entrada en servicio de buques de creciente capacidad de carga (y calado), y los proyectos para mejorar el puerto de Buenos Aires (Puerto Madero), crearon un movimiento de opinión y llevaron a que el Estado contemplase la construcción de un nuevo puerto de Montevideo. El resultado fue el Plan General de Construcción de las Obras del Puerto de 1899 que estableció una profundidad mínima de hasta siete metros y medio para las nuevas instalaciones.
En ese momento se produjo uno de los episodios más afortunados de nuestra historia. El director general de la Oficina Técnica Administrativa de las obras, el ingeniero alemán Ernest Kummer, y los ingenieros uruguayos (entre ellos el ing. Eduardo García de Zúñiga), propusieron incrementar la profundidad de dragado del puerto y su canal de acceso. Ello a pesar de que en esa época los buques llegaban con calados menores. La propuesta fue aprobada por un decreto en 1903 y confirmada por una ley de 1913. Ello hizo necesario llevar las fundaciones de las obras de infraestructura a - 10,50 metros.
Fue una decisión que aportó enormes beneficios a nuestro país.
Pero, a partir de la década de 1990 la industria naviera entró en una nueva etapa de rápido desarrollo tecnológico que creó nuevos desafíos para los puertos. Y Montevideo ha respondido bien a las demandas por mayores profundidades construyendo muelles con fundaciones lo suficientemente profundas como para permitir un dragado a - 14.00 metros al Cero Wharton. Pronto se dragará el Canal de Acceso a esa profundidad.
Y ahora TCP construirá su nuevo muelle con cimientos aún más profundos para recibir los buques que llegarán a Montevideo por muchos años.