Más sobre el discurso

JUAN MARTÍN POSADAS

De acuerdo con lo expuesto la semana pasada, en el Uruguay, más allá de apariencias y formalidades, hay dos tipos de discurso político: el que va a favor de la corriente y el que se propone ir en contra.

La respectiva orientación de cada discurso obedece a una divergencia sobre el principal dilema político del país: si el futuro se encuentra en la línea de acompañar lo que ha sido o más bien en enfrentarlo.

Desde el restablecimiento de las instituciones democráticas van cinco períodos de gobierno. Sólo dos de ellos optaron por tomar distancia de la complacencia y abrazaron lo que he llamado un discurso a contrapelo. Sólo dos: el gobierno de Lacalle y el de Jorge Batlle. Se podrá discutir todo lo que se quiera la buena o mala comunicación que hayan hecho del planteo, los medios elegidos para concretarlo y aún el resultado final.

Lo que parece indiscutible es que, en ambos casos, hubo una intuición básica de un país agotado, no tanto en lo económico productivo (aunque también) sino sobre todo en su creatividad, en su autoestima y en la vitalidad general. El sesgo del discurso político de esas dos administraciones fue de picaneo, tomado como opción política necesaria en virtud de aquella percepción de la astenia nacional.

El objetivo de estas líneas -así como del artículo del domingo pasado- es dirigir la atención hacia las características del enfoque político reflejado en un tipo de discurso. La intuición de fondo -común a los dirigentes mencionados y a sus discursos- es que la pasión por el país y la preocupación por su destino aconsejan no consentirlo más sino enfrentarlo y sacudirlo.

Es obvio que un discurso directamente contra el Uruguay, desafiando sus hábitos y criticando sus creencias más arraigadas, no sería ni democrático ni tendría resultado. Es una desubicación pensar en una transformación del Uruguay sin el apoyo de, por lo menos, un número importante de uruguayos. Pero, en determinadas condiciones, ciertos partidos y ciertos dirigentes pueden hacer que el blindaje se ablande.

En los países donde los partidos políticos son mera maquinaria electorales poco es lo que se puede esperar. Pero en nuestro país existen partidos que, por su duración, se pueden llamar permanentes y cuya vitalidad y razón de ser ha subsistido sin vinculación directa con el triunfo electoral o con el acceso al gobierno. El caso más claro, sin ninguna duda, es el Partido Nacional, derrotado electoralmente las más de las veces.

Los partidos permanentes o históricos tienen valor porque son interpretación durable y depósito permanente de algo de la nación. Eso les confiere una función pedagógica. En consecuencia, es perfectamente posible (políticamente posible) que de allí, de ese tipo de partido político, provenga, con legitimidad suficiente y con fuerza como para ser escuchado, un planteo de autocrítica para el Uruguay, de revisión de sus usos y creencias, de desautorización de antiguos paradigmas. Como se ha visto en los ejemplos citados hoy y la semana pasada, eso ha sucedido y sucede: está presente y en juego en los avatares que actualmente atraviesa nuestro país.

El discurso consentido y a favor de la corriente es fácil, es agradable, en cierto sentido es histórico: pero es de muerte. Ese es el punto. La posibilidad de una renovación animosa y hasta alegre del Uruguay está únicamente en el discurso a contrapelo. Va a salvar al Uruguay quien se anime a enfrentarlo.

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