Mas alla de las leyes naturales

Resultó que el socialismo científico se creía científico y no era científico; estaba errado. Marx creyó que la vida entre los hombres derivaba de las cosas (era una creencia) y él trató de fundarla y de difundirla de modo admirable; pero resultó que no. Son los bienes los que dependen del hombre. La gente, pensaba Marx, es una cosa más entre las cosas; y no. La vida no forma parte de la naturaleza. La vida toma su apoyo en lo real, necesita un cuerpo para existir, pero lo más humano, el carácter, la invención, la esperanza, la creencia, no son cosas de este mundo, entendiendo por universo el objeto de los astrónomos, los físicos y aun los biólogos, la ciencia cierta, la de las causas y las consecuencias necesarias.

El ser humano no es necesario; tiene libre albedrío. El centro de la persona pues está más allá de las leyes naturales, porque la esencia de la especie pasa por una variable inconstante: la creencia. La creencia no es "ontos" de ver, o tocar o medir; por eso los científicos sociales están siempre al borde de saber, pero al margen de lo que importa; observan concienzudamente, lo de afuera de lo de adentro.

El tema se hace grave cuando uno piensa en los héroes movidos por las ciencias inexactas. Se hicieron matar o entregaron su vida entera a una pasión mal dirigida: morí por eso y ... no era verdad. ¿Qué puedo inventar ahora para seguir creyendo? ¿Quién me presta un fantasma para correr detrás?

La fe terrena o celeste es el aire que se respira al pensar seriamente. Un día me desperté y yo era un snob, no tenía propósitos, no tenía futuro, nada me engañaba para bien, iba sin ilusión.

Un gran viento, un viento del este, está soplando y enfría Europa. ¿Qué puedo proponerme en medio de tanta intemperie?

En todos los órdenes de la vida hay creencia o nos derrumbamos. El mundo es, lo que creemos que es; y no lo que es en sí (conf. Kant, "Crítica de la razón pura").

Por eso me pregunto: ¿quién trabaja, aquí y ahora, para reedificar a los marxistas sinceros que son tantos y tan excelentes? ¿Aguanta este país tan chico, semejante carga de desilusión? La Unión Soviética les cayó sobre el cráneo y están aturdidos.

Los creyentes en Marx se quedan en la calle y sube un vapor ácido parecido a la gangrena cuando empiezan a repetir, rabiosamente, sus viejas recetas y se lastiman. Envejecen cien años.

Que no vea yo a mis amigos, con esa fea angustia. (GUIA FINANCIERA, 23/6/91)

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