Ricardo Reilly Salaverri
Las ideologías hechas dogma son un buen refugio para la mediocridad y el estancamiento moral e intelectual. Al sentirlas verdad inapelable, no es necesario pensar más, y el sentido crítico de las cosas carece de sentido. No es admisible el rechazo de las verdades a priori, de los "corsés intelectuales", el aprender de la experiencia histórica, o el disfrutar de la contradicción de ideas, y por sobre todas las cosas el nutrir el pensamiento con la fuente inagotable de ideas que está instalada en la realidad.
Además es hasta divertido advertir cómo suelen chocar las conductas individuales con las prédicas ideológicas tribunicias. O sea, atender a la vigencia permanente del célebre "haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago".
Una de las ideologías más patéticas y dogmáticas que llega hasta nuestros días y en nuestro país con vocación de parque jurásico eterno es el marxismo. Se trata de una simplificación teórica de la realidad, que distingue entre buenos y malos, que implica la destrucción de las libertades y que gana por lejos todas las competencias universales de violación de los derechos humanos que se conocen desde Adán y Eva hasta la fecha. Además, ha engendrado gobiernos tan oligárquicos y arbitrarios, como ineficientes e inescrupulosos.
El fundador de esta macabra corriente de ideas fue Carlos Marx. Hace pocos días en la página de Internet "web ancestry.co.uk" se publicó sobre los bienes que dejaron al morir varios personajes históricos del pasado cercano. Así, por ejemplo, allí se expresa que Marx dejó en valores actuales unos 25 mil dólares, al tiempo que un congénere suyo al que admiraba, Charles Darwin -padre de la teoría de la evolución- dejó el equivalente a unos US$ 20 millones de hoy.
Comentando el hecho, el vicedirector del periódico La Vanguardia de Barcelona -Alfredo Abián- ha escrito que "pese a descender de una familia acomodada alemana de origen judío, Marx fue pobre a la fuerza. En su Manifiesto comunista atribuía a la clase social de la que provenía, la burguesía, la sobrenatural facultad de desgarrar el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, reduciéndolas a simples relaciones de dinero. Así, en su decálogo revolucionario incluyó como tercer mandamiento la abolición de las herencias.
Exiliado en Francia, Bélgica y Londres, Marx padeció penurias y su medio de vida principal fue el adelanto de su cuotaparte de herencia que le hizo su madre. Pese a ello, las tres décadas que residió hasta morir en Londres fueron costeadas por su amigo y colaborador Federico Engels. A él le confesó sus deudas que llegaban desde la imposibilidad de comprar comida hasta la inasistencia a sus hijos enfermos, alguno de los cuales falleció por ello.
No faltaron en su experiencia, según sus biógrafos, el pedido de préstamos a comerciantes "ignorantes". Y, haciendo honor a su denostada casta social supo tener ama de llaves en casa, a la que -pecado burgués cotidiano de la época- dejó embarazada.
Como cierra su columna Abián, solo cabe expresar que estas realidades "son cosas de la historia" (La Vanguardia, Barcelona, España, 12/VIII/2010).