Martín Aguirre
Martín Aguirre

Sartori, Novick y la democracia

Primero que nada, un aviso. Es un poco triste, pero en estas fechas hay que eliminar toda suspicacia.

El autor nunca vio a Juan Sartori, aunque, a diferencia de una cantidad de dirigentes blancos, sí sabe bien quién es y su trayectoria empresarial. Es su trabajo. Por otro lado, conoce a Novick, con quien mantiene un trato correcto. Co-mo responsable periodístico de El País puede asegurar que jamás una nota de ninguno de los dos, tuvo contrapartidas económicas.

Bien, aclarado esto, sobre todo ante la suspicacia hecha llegar por algún dirigente político en las últimas horas, podemos entrar al tema de fondo: el impacto de la irrupción de estos candidatos “no tradicionales”, por definirlos de alguna forma, en el panorama político local.

Los titulares de estos días los robó Juan Sartori, con su promocionado arribo al Uruguay, y una campaña de expectativa sobre su eventual postulación en la interna blanca. Se trata de un empresario de menos de 40 años, que de algún forma desarrolló la principal empresa agrícola del país (UAG), y que supo hacer buenos negocios en el gobierno anterior, entre ellos alguno vinculado a la marihuana.

Su intención de competir por la presidencia en el Partido Nacional ha generado un tsunami. Varios dirigentes han salido con inusitada dureza, y el diputado Gandini señaló que le gustaría hacerle una especie de test sobre la letra de la Marcha de Tres Árboles. Desde el Frente Amplio, cuyos gobiernos lo trataron con afecto, se apeló a su calidad de “millonario” y a que vive en el exterior para defenestrarlo. Muy coherente y maduro todo.

La pregunta que nadie hizo y que es la cantada, es para qué quiere Sartori ser candidato en una interna donde tiene mínima chance de ganar. Recordemos que se trata de una primaria sin voto obligatorio, por lo cual los aparatos establecidos son vitales. La verdad, no parece que en unos pocos meses, el nuevo candidato pueda competir seriamente con los aspirantes ya consolidados.

El caso de Novick es un poco diferente. Es un empresario que hizo fortuna en Uruguay, que siempre tuvo vinculación con la política, y que viene trabajando ya hace años en la ingrata tarea de imponer un nuevo partido. Su perfil a veces desconcierta a los analistas, ya que tiene un tono duro con el gobierno y el Pit-Cnt, pero ha sido siempre respetuoso con el presidente Vázquez, y habilitó con sus ediles la concreción del plan de obras que iba a “salvar” a la gestión de Daniel Martínez. De las grandes obras, si te he visto no me acuerdo.

Desde la política tradicional se le critica la supuesta “compra” de dirigentes y que conseguiría imponer su mensaje en base a dinero. Como reacción, en la última ley de finanzas electorales se incluyó un aspecto que impide a un candidato pagar costos sustanciales de campaña con su propio capital, algo que apunta con nombre y apellido contra Novick.

Más allá de enconos y zancadillas, hay un aspecto que suele ser mencionado como relevante a la hora de criticar a estos personajes que aterrizan en la política luego de hacer fortuna en otros campos. Y es el peligro de que su éxito conspire contra un sistema de partidos que ha sido el gran diferencial institucional de nuestro país respecto a la región. Un sistema duro y competitivo, y que genera un fenotipo de dirigente radicalmente diferente a Novick o Sartori.

Ahora bien, esta situación obliga a hacerse varias preguntas.

La primera es por qué a los políticos “tradicionales” les genera tanta irritación el surgimiento de estas figuras. Por un lado, no parece que incluso invirtiendo millones (cosa que no está siendo el caso) puedan generar un impacto tan grande en la opinión pública. De nuevo, las chances de Sartori son muy escasas, y pese a los años que lleva ya en la palestra, el partido de Novick en ningún encuesta ha llegado al 10%

Segundo, ¿qué tiene de malo que alguien con dinero quiera meterse en política? Se trata de una actividad dura, ingrata, y que en Uruguay nunca ha hecho millonario a nadie. Si alguien que tiene la chance de pasar su tiempo en alguna playa de las Maldivas, prefiere recorrer un cantegril y meterse en el fangal del debate público, al menos para este periodista, solo merece aplausos. Y el hecho de tener plata podría ser un problema para el Partido Comunista, pero para nadie más.

Por último, en un mundo con los cambios que tiene este ¿alguien cree que la política o el sistema de partidos va a seguir incólume como hace 30 años? ¿Y en una sociedad que se ha pauperizado como la uruguaya? La respuesta es obvia.

Si tenemos, como todos creemos, un sistema democrático saludable, una institucionalidad partidaria sólida, y normas regulatorias eficientes, no habría que temer a nadie que quiera aportar su grano de arena a mejorar el país. Y si no tenemos nada de eso, tal vez en vez de indignarse, nuestros actuales dirigentes deberían legislar para que lo tengamos. ¿No?.

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