Pablo Da Silveira
El presidente Mujica viene insistiendo en una curiosa explicación de los males que afectan a nuestra enseñanza. Según su punto de vista, la persistencia de todos los problemas se debe a que los expertos no se ponen de acuerdo en la solución.
La primera versión de esta teoría se difundió a mediados de noviembre, cuando el presidente relató que había analizado las ideas de varios expertos y había quedado asombrado ante la diversidad de opiniones: "Cuesta mucho acordar y tener un funcionamiento más o menos fluido entre gente que conoce bastante de la materia de la enseñanza, donde han gastado su vida. Cada cual está excesivamente enamorado de lo que piensa y hay dificultades de acordar entre ellos". Como para confirmar que no se trataba de una confusión pasajera, el presidente repitió el punto al clausurar el Foro de Innovación de las Américas: "Estamos viviendo un poco de crisis en la enseñanza, porque los buenos actores no se entienden. Todos tienen muchos libritos. No nos podemos entender un puñado de locos, y tenemos tanto y tanto por hacer".
Es difícil no alarmarse ante una interpretación tan peregrina. La diversidad de análisis y propuestas no es una patología a ser corregida, sino el estado normal de las cosas en una sociedad libre y democrática. Las unanimidades sólo existen allí donde hay voces suprimidas. La diversidad de opiniones existe porque la realidad es complicada y en ningún lado está escrito cuáles son las buenas soluciones. Quejarse de la diversidad es no entender la dinámica de la libertad.
Pero las palabras del presidente Mujica no sólo sugieren una mala comprensión del funcionamiento de una sociedad libre. También ponen en evidencia una mala comprensión de su propia función.
Nadie le pide a los gobernantes que sean especialistas en todos los temas sobre lo que deben decidir. Lo que se les pide es que sean capaces de rodearse de asesores competentes, escuchar los diferentes análisis y propuestas que les presentan, y definir un rumbo que esté dotado de lucidez y coherencia.
Que los asesores de un gobernante discrepen entre sí es la situación normal en una democracia. Un gobernante que se queje de esa situación simplemente está eludiendo su responsabilidad. Su tarea consiste en escuchar a quienes hacen aportes especializados y asumir la responsabilidad de tomar las decisiones que van a marcar el curso de los acontecimientos.
John Kenneth Galbraith dijo alguna vez que el presidente Kennedy era capaz de agotar a un hombre únicamente escuchándolo. La concentración con la que oía y las aclaraciones que solicitaba se convertían en un duro examen. Tal vez se trata de una visión idealizada del presidente asesinado, pero eso es lo que se espera de un buen gobernante.
El presidente Mujica debe decidir a quién va a escuchar en materia educativa, empezando por resolver si va a priorizar a los representantes de los ciudadanos o de los sindicatos. Luego debería hacer un esfuerzo por rodearse de respaldos técnicos mínimamente confiables y definir una estrategia de trabajo. Si él no lo hace, nadie podrá hacerlo en su lugar.