Maestro redivivo

RUBEN LOZA AGUERREBERE

Un momentáneo brillo ambarino toca una tetera que está sobre la mesa; varias personas conversan sobre temas que no van más allá de cercanas fronteras; a través de los visillos miran de tanto en tanto la muerte del sol. Pero esos ámbitos cerrados siempre sugieren algo más, envolviéndonos en sentimientos generalmente melancólicos.

Alguna de estas sensaciones ha sentido el lector o bien el espectador teatral de Antón Chéjov. Ello sucede, acaso, porque como ha observado Soledad Puértolas: "Hay más alma que corazón en Chéjov". Y bien, sobre tan extraordinario escritor se acaba de publicar una espléndida biografía de Natalia Ginzburg (1916/1991), una de las voces sobresalientes de las letras italianas. Fiel a su intuición por las constelaciones familiares, por las pasiones calladas (es lo que sucede en Chéjov, por cierto) ha escrito este libro titulado simplemente "Antón Chéjov" (Ediciones Acantilado), devolviendo la vida al autor de "La dama del perrito" a través de su erudición, fidelidad a los detalles (era casi imprescindible para acercarse al creador y su mundo) y con exquisita sensibilidad.

En buena medida vemos có-mo Chéjov sobrellevó estoicamente su infancia de pobreza cruel, de rigores arbitrarios; con la misma resignación padeció una enfermedad de entonces difícil curación. Mientras tanto, iba ofreciendo lo mejor de sí mismo a través de sus cuentos cortos y obras de teatro que reflejaban el clima y la temperatura espiritual de su tiempo. Y lo hacía no solamente porque la escritura era su vocación, acaso su destino, sino porque gracias a ella podía obtener dinero para sobrevivir.

En él encontramos la fuerza que eleva la verdad.

Hijo de padres de modesta condición, nació en la ciudad rusa de Taganrog, el 17 de enero de 1860. Su vida no tuvo ni episodios sobresalientes ni espectaculares; más bien tristes, como los muchos que vivieron sus personajes.

Se graduó como médico, y la medicina le proporcionó conocimientos que aprovechó en la literatura. Aquel hombre sencillo, encorvado, de rostro sereno, con monóculo, perilla y trajes algo pasados de moda, fue adorado por sus familiares y parientes, y muy querido por sus amigos. Frecuentó a Tolstoi, al músico Rachmaninov y a Stanislavski. Fue un escritor generoso y compartió su saber con todos. Fue asimismo un hombre adorado por las mujeres, a las que solía tratar con un distanciamiento irónico, que era una forma de enmascarar lo luciente de su alma bien educada ante unos corazones generalmente más alegres que el suyo.

Chéjov, aquejado de tuberculosis, debió realizar frecuentes viajes, entre otros sitios, al benigno clima de Yalta, esa ciudad a orillas del mar Negro, que fuera un aristocrático centro de veraneo durante el siglo XIX y donde se desarrolla "La dama del perrito", que cuenta el idilio entre una mujer casada que pasea su perrito blanco y un hombre mayor que ella, también casado.

Antón Chéjov fue siempre fiel a los crepúsculos y las ilusiones del alma, que no son meros adornos del espíritu, sino que son el espíritu. Joven, este hombre de vida dura, que nunca reprimió su sensibilidad estética, murió en 1904. Y en este sentido el libro de Natalia Ginzburg nos devuelve a Chéjov entero: desde su nacimiento hasta el momen-to en que dos estudiantes car-gan su ataúd. Un libro lúcido, atrapante.

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