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Luis Houdini

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Es posible que, de alguna perversa manera, el primer día de noviembre haya sido un buen día para el gobierno. Es mejor para sus intereses que el escándalo estallara a un año de las elecciones y no a tres meses, pero un escalofrío debe recorrer Torre Ejecutiva: el de constatar que el peor rival es uno mismo.

Es también posible que, como suele suceder en política, no haya una autocrítica profunda y que se asuma que la escasa memoria de la gente hará el trabajo necesario para que todo quede en el olvido. 

Del presidente se hubiera esperado un decisivo golpe de timón que, al menos en las primeras horas, no llegó. Lo que sale de la boca de un presidente, sea mucho o poco, genera un efecto en la realidad. La mayúscula crisis pandémica lo envalentonó. Ironías de la vida política, a su gobierno lo hace zozobrar un pasaporte. 

El miércoles pudo haber sido un punto de quiebre. El día en el que el oficialismo le sirvió en bandeja la victoria electoral a la oposición. El presidente quizá siga siendo intocable y podría, aupado por auspiciosos números en las encuestas y la pátina de la historia, imponerse en 2029. Puede pensar que el golpe será severo, pero no definitivo porque el teflón soporta casi todo. 

¿Se llegó a esto por soberbia, ineptitud o corrupción? ¿O las tres? ¿Cuánto sabía el presidente sobre el accionar de uno de sus asesores íntimos? El mero hecho de que las dudas sean plausibles evidencia una escena alarmante.

¿Qué tan indefensos estamos ante el poder del narcotráfico? ¿Qué medidas tomamos para que el daño sea menor? Al narco no se lo derrota, se lo contiene. La corrupción es inevitable, y ojalá caiga quien sea necesario, pero la complacencia de los que no son flagrantes corruptos es difícil de soslayar. 

El peligro real de infiltración del narcotráfico será longevo y es un desafío de fondo con una arista tangible en la vida de la gente. El parcial fracaso institucional nos golpea, de una forma u otra, a todos porque en algunos aspectos esenciales solo el Estado nos protege. Sin liderazgo, las instituciones pierden el rumbo e instituciones sin rumbo llevan a países a naufragar. Suena tremendista. ¿Lo es? 

Si será de tal magnitud la crisis que un, muchas veces desbocado, Fernando Pereira pareció entender la seriedad del asunto y, en lugar de tallar el tronco caído con proclamas incendiarias, mantuvo una postura llamativa y calculadoramente responsable. Ya volverá a su programación habitual. 

No es necesario ser memorioso para recordar que, además de que se le fugó un capo narco, el Frente Amplio ha tenido su contundente cuota de excesos y patinadas, corruptelas y procesados. 

Es de esperar que en estas horas sean mayores las preguntas que las respuestas. Las decisiones, declaraciones y señales del presidente serán determinantes para empezar a descifrar si esto será un áspero trago o una borrachera incontenible.

Una de las primeras conclusiones que se pueden sacar es la inadecuación de algunos personajes para conducir de manera responsable áreas clave del Estado. Flamante muestra de la urgencia de atraer mejores servidores. 

Chillamos cuando nos acusan de enanismo diplomático, pero ¿cuál fue el último canciller que estuvo a la altura y tuvo la pericia suficiente para liderar una indispensable inserción internacional? 

En este gobierno, por lo pronto, Talvi se fue por la ventana en un santiamén tras hacerse conocido por el Greg Mortimer y Bustillo abandonó el barco a través de una escotilla herrumbrada y pestilente. 

El bonachón canciller habrá sido diestro en la diplomacia coctelera, pero fue siniestro en otras lides. Su mayor ancla quizá sea no volver a Madrid a intentar no cruzarse con su antecesor. 

Además de querer evitar el traje a rayas, Ache buscó vestirse de heroína con un año de retraso. Su falta de curiosidad en la llamativa reunión con el siempre inefable Balbi es, por lo menos, sugerente.

El ex fiscal de corte hizo su trabajo al defender a su clienta y, en el camino, hilvanó una maniobra que le asesta una herida profunda a un gobierno con el cual no comulga. De paso, le cantamos loas al malogrado periodismo por recibir y procesar la enésima filtración. 

Lo más deprimente del escándalo es que no sorprende por completo. Se perdió la capacidad de asombro ante la repetida cualidad de unos pocos para creerse por encima de todo y de todos. La impunidad corroe al sistema desde adentro. 

La peor crisis política del mandato podría ser algo más que una pasajera crisis política. La oportunidad de mostrar que, incluso después de infinidad de errores injustificables y de cuestionables decisiones éticas, se puede seguir creyendo, está sobre la mesa. Una oportunidad endeble, pero oportunidad al fin. 

Renuncias y despidos serán insuficientes porque el manto de niebla no desaparecerá con rapidez. Será necesario algo más elusivo, hasta difícil de nombrar, y que, al igual que la reconstrucción de la confianza, llevará tiempo.

Solo el liderazgo, la firmeza y una buena dosis de escapismo político, además de la inequívoca mano de la justicia, pueden enderezar un barco que navega bajo la tormenta escorado mientras propios y extraños chapotean en un mar de desconfianza, desengaño y decepción. 

Oteando el horizonte, a la distancia, la clave es reaccionar a tiempo y marcar el rumbo correcto porque en la soledad del mar es fácil desorientarse. Una persona que parece nadar puede estar, en realidad, dando manotazos de ahogado. 

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