Luditas uruguayos del siglo XXI

No es el único punto de fricción en la interna del gobierno (vaya si no lo es) pero es muy significativo. Mientras el ministro Oddone estima que “el mercado se encuentra maduro para revisar los incentivos fiscales de los vehículos eléctricos”, su par de Industria, Cardona, replica que “no estamos en el momento oportuno para tomar esa decisión”. Lo paradójico es que, en este caso, el liberal y la estatista invierten roles: ella no duda en propiciar que cada contribuyente departamental termine financiando la ineficiencia del portland de Ancap, pero asume que el desarrollo de la movilidad eléctrica necesita exoneración. Él, a la inversa, es consciente de que cualquier cambio en las reglas de juego afecta el clima de negocios y con ello el bolsillo de la gente, pero precisa añadir gravámenes para mejorar la tambaleante recaudación.

En el medio, un informe de la Unión de Vendedores de Nafta, divulgado en este diario por la periodista Antonella Aguinaga, advierte que las estaciones registran una caída de facturación del orden del 12%, lo que implicará pérdida de fuentes laborales.

La manera de sensibilizar al gobierno contra este deterioro de competitividad es haciéndole notar que entre 2020 y 2025, la exoneración a los eléctricos significó una resignación de casi US$ 500 millones y que, en el próximo quinquenio, ese agujero podría agrandarse a más de US$ 1.400 millones.

El diagnóstico es muy acertado pero resulta incompleto si presuponemos que igualar la carga tributaria a los eléctricos inclinará la balanza hacia nafteros y gasoleros. Por eso admiten también que debería rebajarse proporcionalmente la imposición sobre los combustibles, para que el costo de uso deje de ser otro diferencial. Cada avance tecnológico provoca un impacto en el statu quo, con ganadores que lo aprovechan y perdedores que de él abominan.

El mismo argumento de los estacioneros utilizó la patronal del taxímetro contra la aparición de Uber. Recuerdo una época en que, muy al estilo far west, un dirigente gremial incitaba a los taximetristas a perseguir, acorralar y patotear a los socios de la aplicación que detectaban por la calle.

La Cámara de Comercio también se quejó cuando vino Temu. El gobierno sumó el IVA, pero, igual, el entretenimiento chinito sigue siendo más barato, con lo que se castigó al consumidor sin proteger a los damnificados.

Las inmobiliarias protestaron cuando llegó Airbnb. Los videoclubes, con Netflix. Las librerías, con Amazon. Los jugueteros, con la libre importación de los 90. Los cines, con la televisión de los 50. Y así sucesivamente.

Provengo de una profesión, la publicidad, en la que fui testigo y protagonista de una verdadera catarata de transformaciones tecnológicas. En los años 80, las agencias tenían mucha gente trabajando en los departamentos de Arte, donde se hacían ilustraciones y se armaban originales artesanalmente, así como otros de Producción, que iban a los canales a traficar los spots que saldrían al aire. Apenas surgieron Adobe Ilustrator y We transfer, esos superpoblados departamentos desaparecieron. En los viejos tiempos, las agencias cobraban un 17,65% de comisión sobre las pautas publicitarias en canales, radios y diarios, y así lograban abultadas ganancias. Con la aparición de las centrales de medios, ese negocio se abarató sustancialmente. Y hoy el partido se juega en baratísimas pautas en las redes sociales, a lo que se agrega la posibilidad de crear y producir piezas con inteligencia artificial. En todo este tiempo nunca vi a ningún Caponi, Ceruzzi, Acuña, Vernazza o Giuria quejándose de esos cambios y pidiéndole al Estado castigos impositivos contra la realidad. Simplemente se adaptaron a ella y siguieron agregándole valor.

Las eternas quejas de las corporaciones empresariales y laborales me recuerdan a aquel movimiento ludita de la Inglaterra de las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX, en el que los obreros desplazados por la revolución industrial rompían las máquinas a martillazos. Tenían buenas razones para hacerlo, porque aquel auge tecnológico no iba de la mano de ninguna malla de protección social y enriquecía a un puñado de poderosos, mientras condenaba al hambre a las masas urbanas y rurales. Pero la ilusión de reventar los telares era un esfuerzo tan inútil como el del pobre Sísifo, aquel que empujaba la piedra cuesta arriba para, una vez alcanzada la cumbre, volver a arrojarla al abismo.

Hoy, cuestionar la incorporación tecnológica es lo mismo que rebelarse contra la ley de gravedad. Reclamar más barreras de acceso a la innovación es patear la pelota para adelante. Antes que protegerse pidiendo más impuestos para su competencia, deberían reclamar rebajas para sí mismos. Menos gastos superfluos de un Estado deficitario y una reforma impositiva radical, que aplaque su voracidad recaudatoria sobre quienes producen crecimiento y desafíe a empresarios y trabajadores a progresar con base en sus propios talentos, esfuerzo y capacidad de riesgo.

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