Fue una semana de emociones fuertes y recuerdos duros. La prensa dedicó amplio espacio a repasar aquella dramática jornada, ocurrida hace medio siglo y que impuso una implacable dictadura que duró 12 años.
Se recordó algo que fue turbio para el país y que ocurrió hace mucho tiempo, pero sirve para marcar un “nunca más” a una época (previa y posterior al golpe) turbulenta y violenta.
La presencia de los tres expresidentes junto a Lacalle Pou en el Palacio Legislativo y luego en la conferencia (en la que además el presidente recordó a los ya fallecidos Jorge Batlle y Tabaré Vázquez), sirvió para emitir un mensaje inequívoco a favor de la estabilidad democrática.
Es llamativo que algo ocurrido hace tantos años esté tan presente en la gente. Los jóvenes recién ingresados a las universidades nacieron entre los años de la crisis de 2001 y el primer triunfo electoral del Frente Amplio. O sea en plena democracia, cuando los problemas eran otros.
Sin duda la dictadura (y también los años previos, y en especial desde 1968) marcaron a la sociedad. Quienes eran jóvenes en ese momento tenían referencias sobre el golpe de Gabriel Terra, pero lo veían como algo propio de los textos de historia. Recuerdo mi asombro cuando el entonces presidente Jorge Pacheco Areco nombró como ministro de Economía a alguien que había sido ministro de Terra. ¿De dónde había salido esa persona que, en mi visión, venía desde el fondo mismo de la historia?
Sin embargo, los tres expresidentes reunidos para esta recordación, fueron protagonistas activos de aquellos años. Y a nadie le llamó la atención. Una razón que explicaría ese fuerte nexo con el pasado, es que lo vivido tanto en el lustro previo a la dictadura (que fueron de violencia cotidiana) y luego los de una dictadura represiva, asfixiante y arbitraria, dejaron una profunda cicatriz que no sana de manera sencilla. Que los presidentes compartan un espacio muestra que el proceso de curación no viene tan mal. Pero la cicatriz sigue allí.
Lo de Terra en los años 30 del siglo pasado, siendo una innegable dictadura, no tuvo los visos de dureza y sofocación que esta, por lo tanto sus secuelas no son comparables.
La otra razón por la que esa recordación tiene aún hoy impacto es porque mucha gente no solo la recuerda, sino que la vive como si hubiera terminado apenas ayer. Algunos porque la sufrieron en forma profunda y les resulta difícil tomar distancia de lo ocurrido. Otros, porque la convirtieron en una causa para movilizar militancia. Su postura, entonces, no es genuina sino interesada.
Si quienes vivieron ese período analizaran honestamente dónde estaban parados en aquel momento, pocos podrían decir que se ubicaban a favor de la democracia. Una parte de la sociedad adhería a corrientes políticas que pregonaban una revolución para terminar con la democracia burguesa e imponer un régimen totalitario, inspirado en Cuba e incluso en la URSS. Otra parte de la sociedad reclamaba una intervención militar que con mano dura impusiera orden y disciplina y pusiera fin a la embestida revolucionaria.
Es decir, tampoco creían en la democracia.
Algo de esto elaboró esta semana Álvaro Ahunchain en una muy lúcida columna.
Hubo aun otro grupo, quizás más grande. Personas que no querían una irrupción revolucionaria, ciertamente, y entendían que la democracia era una buena forma de gobierno. Pero cuando a lo largo de 5 años, su rutina cotidiana estuvo alterada por atentados, bombas, y huelgas permanentes, empezó a sentir miedo e inseguridad.
No sabían si habría huelga el día que tenía hora con su médico, si sus hijos irían a clase en las semanas siguientes, si pasarían horas sin encontrar transporte que los lleve a sus hogares, si ese día entraban o no a trabajar. Dieron un silencioso apoyo, sin excesivo entusiasmo, al golpe porque tenían la sensación de que volvía todo a la “normalidad”. Con el tiempo vieron que solo se cambió una anormalidad por otra. Y ahí ese manso apoyo se fue perdiendo.
Un grupo, la guerrilla tupamara, sin consultar a nadie quiso tomar el poder por las armas y derrocar a la democracia. Perdió. Al año, fueron los militares que, sin consultar a nadie, tomaron el poder por las armas para imponer su prepotente orden. Culpas hubo muchas, de un lado y del otro. Al final eran pocos los que creían en una genuina democracia.
Por eso importó reunir a los expresidentes y dar la señal correcta. De la dictadura se salió con heridas y traumas que cuestan superar. Pero hace 38 años que Uruguay vive en democracia. Nunca tuvo un período tan largo de estabilidad institucional, en la que además hubo pacífica alternancia de partidos en el gobierno.
Esa es la lección aprendida y ella adquiere particular valor en un mundo que cada vez más desprecia la libertad y las garantías del Estado de Derecho.