Los que sí son latinos

La reciente columna de Álvaro Ahunchain dio que hablar. Tomó el título (“no somos latinos”) de la canción del Cuarteto de Nos y allí cuestionó los elogios del New York Times al cantante portorriqueño Bad Bunny en su actuación durante el entretiempo del “Super Bowl” del fútbol americano.

El no vio las virtudes que señaló el diario, sino “un catálogo de lugares comunes de lo que significa ‘ser latino’ a gusto del consumidor yanqui: gente pobre que se dedica a cortar caña (no a diseñar software), mujeres pechugonas que perrean solas (no escritoras brillantes como Clarice Lispector, Ida Vitale y Ariana Harwicz), ciudades pauperizadas que viven de apagón en apagón (no grandes metrópolis), parroquianos que juegan a las cartas (nunca emprendedores) y un niño que mira la tele mientras llega el nuevo rico a regalarle un Grammy y decirle ‘lucha por tus sueños’”.

De ese modo, dice Ahunchain “Bad Bunny (…) juega a favor de sus supuestos adversarios, los supremacistas blancos, para quienes los inmigrantes son delincuentes e infradotados”. Y recuerda que “la realidad de América Latina es más diversa de lo que quiere mostrarla la industria estadounidense del entretenimiento”.

La columna de Álvaro deja claro que ser de América Latina implica muchas cosas, muy diversas, complejas y por momentos antagónicas. Si bien los países que van desde México a la Patagonia son latinoamericanos, hablan español y comparten cosas, cada uno tiene sus peculiaridades, su historia, sus taras y genialidades. Coincido que no deberían ser los latinoamericanos quienes, desde esa diversidad, refuercen los estereotipos respecto a lo que está al sur de sus fronteras.

Los argumentos de dicha columna dieron pie a una saludable discusión. Incluso me permite afirmar desde un enfoque diferente al suyo (no opuesto), porque “no somos latinos”.

Como periodista, como turista y hasta como estudiante en una universidad norteamericana estuve muchas veces en Estados Unidos y tuve la oportunidad de recorrer buena parte de su territorio en auto, la mejor manera de conocer ese vasto país, ya que (a diferencia de un aeropuerto) es como entrar a una casa por la puerta de la cocina. En ninguna de esas oportunidades, con la sola excepción de cuando estuve becado (y ni siquiera de eso estoy seguro, porque fue una estadía larga pero transitoria) me sentí latino o hispánico.

A mi entender, la expresión “ser latino” (acuñada en Estados Unidos) corresponde a quienes, llegando de diferentes países latinoamericanos, se radicaron legal o ilegalmente, como residentes o como ciudadanos legales, o a quienes nacieron allí, hijos o nietos de latinoamericanos.

La expresión define una realidad concreta: la del que decidió dejar su país y radicarse en uno diferente al suyo. Esa experiencia hace que, una vez en Estados Unidos, a su vida se sumen vivencias nuevas y distintas del país de origen. Al arraigarse, esa experiencia va diferenciando al “latino” hondureño, ecuatoriano o uruguayo, de los hondureños, ecuatorianos o uruguayos que siguen viviendo en sus respectivos países. Eso no significa que no extrañen a sus patrias, sus familias y amigos. Pero sin duda asimilaron costumbres propias y se fueron convirtiendo en otra forma de ser.

Cuando estuve becado en Estados Unidos en varias oportunidades debí llenar formularios donde, como es costumbre en ese país, se pide indicar el origen étnico o regional. Como es obvio, siempre ponía “latino” y eso sorprendía a quienes leían el formulario. Con cierta picardía les respondía que ellos no eran el único país que podía aludir al “crisol de culturas” (melting pot) ya que también otras naciones habían conformado su población con gente que provenía de los más distantes rincones del mundo.

Viviendo allá ese año y en posteriores viajes, generé admiración por esa enorme y variada comunidad “latina”. Es verdad que hay bandas criminales y narcomafias lideradas por latinos, pero la vasta mayoría son personas de familia, trabajadoras y emprendedoras, cuyo objetivo final es integrarse a la sociedad a la que eligieron para vivir.

Como toda comunidad inmigrante, ésta también suma cosas de sus anfitriones a la vez que aportan lo suyo. Eso se nota en el idioma. El inglés incorporó mucho del español y algo de ese mismo inglés se fue filtrando en el español que hablan.

En ese año que estuve becado vivía en un apartamento dentro de un edificio que era todo de alquiler. Un día nos quedamos sin agua y consulto con la gerenta a cargo del edificio, una salvadoreña joven, inteligente y eficiente. Me dijo en correctísimo castellano que el problema fue causado “por un ‘liqueo’ en el ‘piperío’”. De no haber sabido inglés jamás hubiera entendido de que me hablaba: liqueo (de ‘leak’) quería decir pérdida y ‘piperío’ (de ‘pipe’) quería decir cañería.

Esos pues, son los “latinos” merecidamente orgullosos de serlo. Otra cosa somos los que, aun cuando viajamos a Estados Unidos, no vivimos allí.

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