SEBASTIÁN DA SILVA
Cuando liberaron a Wilson, inmediatamente después de las elecciones del 84, todos esperábamos una reacción furibunda en su recordado discurso de la explanada municipal. La conjura del Club Naval lo dejó en solitario en la cárcel de Trinidad sin posibilidad de poder pelear por la segura presidencia y así lo ladearon por segunda vez en su vida de tan distinguida y factible posibilidad. Mientras se aglomeraba la gente en 18 y Ejido y a lo largo de la enorme caravana que lo transportaba hacia Montevideo resonaban los vientos de guerra, el pueblo blanco estaba indignado al ver materializada la conspiración que dejó al Partido Nacional de lado.
Entre vítores y aplausos Wilson demostró ante aquella multitud su condición de estadista, con un discurso muy medido, muy cauteloso, acuñó el término de la "gobernabilidad" hacia la futura administración del Dr. Sanguinetti. Obviamente prevalecieron valores superiores a los sentimientos personales o partidarios, el Uruguay reingresaba a un sistema democrático con dificultades económicas, las secuelas de la crisis de la tablita estaba presente, las heridas abiertas de la dictadura también y el gobierno tenía la debilidad objetiva de no contar con mayorías propias.
El fin de aquel capitulo es conocido. El cambio en paz se pudo hacer, gracias a la estatura de las autoridades partidarias encabezadas por Wilson que anteponiendo los intereses nacionales a los meramente electorales lograron una solución, a medida de las circunstancias, con entre otras la ley de caducidad.
No vamos a ahondar en lo vivido por los uruguayos en estos años de democracia, gobiernos de todos los partidos vivieron y sufrieron las angustias de gobernar, y de tener ámbitos de acuerdo para impulsar transformaciones importantes. El propio gobierno actual, con su mayoría absoluta, padece la falta de diálogo con la oposición y se agota en sus discusiones intestinas de las que mucho se ha escrito y nada se ha cambiado.
Ahora bien, el panorama que reciba el nuevo presidente en el 2010 será diametralmente distinto al del Dr. Vázquez. No tendrá mayoría parlamentaria, no tendrá la coyuntura económica excepcional de este período, la región tendrá alguna dificultad, sobre todo en Argentina, y se heredará una expansión del gasto absolutamente desproporcionado a la realidad que vivirá el Uruguay en el nuevo gobierno.
Por tanto por aquello de Julio César, de que prever es gobernar, el fomento de las relaciones personales, de ordenar los posibles desencuentros, de diferenciarse con realidades políticas cercanas, y de anteponer los intereses nacionales a las críticas partidarias es una virtud que sólo los dirigentes con aspiraciones reales a la máxima magistratura lo pueden llevar adelante.
Un ejemplo de ello es la reunión entre los senadores más votados del sistema político nacional, la reunión de Arroyo Grande, entre Larrañaga y Mujica, es un muestra de capacidad de entendimiento y no una muestra de cercanía ideológica, que vaya si las distancia son abismales. Celebramos este tipo de mensajes, que ojalá no sean exclusivos de estos dirigentes y que promueva en el resto de los precandidatos acontecimientos similares, dado que hoy más que nunca ellos son los responsables de impedir aquel maleficio que indica que el Uruguay entra en crisis cada diez años .