Los límites del sindicalismo

Hebert Gatto

Para cualquier democracia capitalista los principios igualitarios en el ámbito político no se compadecen fácilmente con las reglas del mercado que librado a sí mismo propende a acentuar las diferencias de ingresos y a propiciar la crisis. El gran descubrimiento del Estado social fue incentivar la intervención del Estado mediante políticas contracíclicas que contrarresten esta tendencia así como facilitar la presencia de sindicatos para defender la posición de los asalariados. Obviamente que este proceso, ni lineal ni sencillo, alcanzó al Uruguay, donde la protección de los gremios tiene una larga historia e incluso, nivel constitucional.

Estas consideraciones, adquieren importancia en el momento actual, donde el Estado y su sistema de partidos aparecen enfrentados con los sindicatos respecto a temas tan vitales como la educación, la salud o la conducción de la previsión social. La intensidad de la controversia sorprende porque se plantea cuando el país es gobernado por una izquierda hasta ahora complaciente con las prerrogativas de estos. Por eso, más allá de las compartibles críticas al corporativismo en tanto privilegia a los grupos de interés por sobre la ciudadanía, es bueno a la vez, procurar entender los motivos y representaciones de este imaginario tan arraigado en la sociedad moderna y capaz de situarse tanto en la derecha, con inclinaciones fascistas, como en la izquierda socialista.

Nada más ilustrativo para ello, que las opiniones publicadas en Búsqueda del 19 de enero pasado, de los dirigentes del Sindicato Único de Telecomunicaciones (Sutel), respecto al futuro de este servicio. Para ellos, sin ninguna duda, Antel está preparada para el "monopolio absoluto" de todas las telecomunicaciones. Desde el teléfono, a la radio o la televisión, pasando por Internet o cualquier otro tipo de comunicación por cable o aire, tanto los que existen como los que vendrán, todos deben monopolizarse para impedir que las "multinacionales no terminen quedándose con cosas nuestras". Según los sindicalistas, hoy día "la ley de competencias, la ley de defensa del consumidor, la ley de competitividad" o los entes reguladores, como la Ursec, molestan porque perjudican a Antel. La discusión no es entre monopolio o libre mercado, sino entre "monopolio o entrega".

El planteo exhibe los prejuicios ideológicos de los sindicatos, embarcados en una política nacional, popular y anticapitalista: los extranjeros codician nuestras riquezas, por eso "el gobierno no puede permitir que la competencia… se dé por los precios". Para Sutel nada se obtiene con defender el consumo, alentar inversiones y generar pluralidad; la buena política radica en impulsar al "ogro filantrópico" que todo proveerá, incluyendo los caminos para la felicidad de sus usuarios. En tal caso, a quién le importará pagar más si la contraparte consistirá en un servicio público total, que le resuelve al ciudadano hasta la carga de elegir.

Por eso aquí hay más que ignorancia, xenofobia o estadolatría. Lo imperdonable radica en desestimar algo tan próximo como lo que ocurre cuando las sociedades pierden sus libertades, incluyendo las económicas y todo se decide desde una instancia central. Cuando el Hermano Mayor -ya sin molestos sindicatos-, decida qué puede verse, escucharse, decirse o votarse. Incluyendo la "neohabla" para expresarlo.

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