Los JJ.OO. griegos

Juan Eduardo Azzini

Al comenzar Beijing el 08/08/08, a las 8 de la mañana, vale la pena recordar los 12 siglos de Olimpíadas en la Grecia antigua, bajo la protección de Zeus, y en la "sagrada tregua olímpica", convenida en el año 770 A.C.

Las guerras entre ciudades griegas -bastante habituales- eran suspendidas. La actividad pública quedaba paralizada y se suspendían los compromisos oficiales.

Los peregrinos que venían a Olimpia desde toda Europa, cruzaban libremente pero sin armas todo el territorio griego, hasta el valle, entre columnatas, gimnasios, estadio, hipódromo, locales de hospedajes y el Templo, con la gigantesca estatua del Zeus Olímpico de Fidias en oro y marfil.

El primer día pertenecía a él. Los embajadores llevaban sus ofrendas, los atletas (seleccionados meses antes) juraban competir con humildad y lealmente. Solo se permitían ciudadanos griegos, varones, nacidos libres y sometidos a instrucción moral. Sus ejercicios los hacían desnudos y descalzos, tostados por el sol y untados con aceite de oliva. Quizá por ello (y por el papel que la sociedad de la época les asignaba) las mujeres tenían prohibido asistir a los juegos. Era un espectáculo solo de hombres y para hombres.

El "estadio" griego medía 192,30 mts. y era la carrera más corta. Había otras más largas pero no se conocía la Maratón, invento moderno para conmemorar la proeza de Fidípides al correr unos 40 kms. para comunicar la victoria contra los persas. También había lucha, salto, jabalina, bala, disco, boxeo. En el hipódromo se corrían carreras de carros, de dos y cuatro caballos, con sangrientas confusiones en las cerradas curvas (no eran estadios circulares). La prueba por excelencia de los Juegos era el Pentatlón, que incluía carrera de velocidad, salto largo, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina y lucha.

Cada noche había oratoria, cantos, poesías, acróbatas, mercaderes y se celebraban acuerdos entre embajadores. El clima distendido y festivo favorecía el acercamiento entre los representantes de las distintas ciudades.

Terminados los juegos, los atletas victoriosos dejaban sus alojamientos y solo llevaban, como alto honor, una corona de olivo silvestre cortada por un niño con una hoz de oro, de un árbol cercano al Templo de Zeus. Y era apagada la antorcha, que se había encendido por las sacerdotisas al inicio. La corona se entregaba en el templo de Niké, la diosa de la Victoria (ahora una marca de zapatos y ropa deportiva). Los triunfadores eran recibidos apoteósicamente en sus ciudades, como auténticos héroes.

Cuando los romanos conquistaron Grecia, estos famosos festivales fueron perdiendo importancia hasta que en el año 393, el rey vándalo Teodosio I de Bizancio, abolió los Juegos Olímpicos. Su sucesor, Teodosio II, demostró querer menos al deporte y llegó más lejos. Mandó quemar directamente el estadio y los templos y estatuas. Olimpia desapareció así por más de un milenio.

En 1760 se descubrieron sus ruinas, pero recién en 1881, un grupo de arqueólogos alemanes descubrieron los restos de las construcciones sepultadas bajo cinco metros de barro. Y desde entonces se recuperaron gran parte de las ruinas.

Hoy es un paraje florido, en medio de un bosque de pinos. Por fin, los juegos de la era moderna se reiniciaron con la idea del barón Pierre de Coubertin cuando agonizaba el siglo XIX y Atenas fue elegida en merecido homenaje como ciudad anfitriona.

Pero, eso, como dijera Rudyard Kipling, es otra historia.

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