La Nación de Buenos Aires publica un largo reportaje a Umberto Eco, que realizara Juan Cruz (2/4/15) animado por la vivacidad del escritor y el buen estilo de quien pregunta. Se puede leer sin enterarse de nada, como no sea del talento del autor, que no cesa.
La Nación de Buenos Aires publica un largo reportaje a Umberto Eco, que realizara Juan Cruz (2/4/15) animado por la vivacidad del escritor y el buen estilo de quien pregunta. Se puede leer sin enterarse de nada, como no sea del talento del autor, que no cesa.
Cuidado, no digo que sea cosa sin valor, la magia de pensar o decir de ese modo, hace que los lugares comunes aparezcan como sitios tocados por la gracia.
Sucede que Umberto Eco: quería comprar un auto y tenía dudas. Ah!...Y además se sabe que guarda todo, archiva en un sótano. Son nimiedades y se mira vivir, pero conoce a Umberto; y él lo sabe.
El tema de la conversación es un libro reciente sobre los periodistas y su salsa; la que motivó al autor. Por descontado, el motor que mueve el reportaje es la magia del hablador que contesta. Nadie se va a sentir desilusionado; todos sabemos que a la prosa periodística, se la lleva el viento. El diario de la víspera, solo sirve para envolver; hay que leerlo en su día, antes de que se enfríe.
“Cruz: Una novela sobre el periodismo. ¿Por qué?
Eco: “Llevo escribiendo críticas del oficio desde los años 60, además de tener en el bolsillo el carnet de periodista. Escribir sobre cierto tipo de periodismo era una idea que me rondaba en la cabeza desde siempre. Hay lectores que han encontrado en “Número cero” el eco de muchos artículos míos, cuya sustancia he utilizado porque ya se sabe que la gente se olvida mañana de lo que leyó hoy. Hasta el principio del libro es muy mío, pues ese episodio en que el agua no sale del grifo era también el principio de “El péndulo de Foucault.” Por aquel entonces, alguien me dijo que no era una buena metáfora, y la quité; pero ahora me gustó esa idea, el agua que se retiene en el grifo y no sale, y tú esperas que por lo menos salga una gota. Bajé al sótano, encontré aquel primer manuscrito y la volví a usar. Todo es así: en la discusión que hay con Bragadoccio [un periodista clave en la trama de la novela] sobre qué coche comprar, lo que escribo es un listado que hice en los años 90 cuando yo mismo no sabía qué auto quería.”
-Son hechos banales, pero es como conversar desmañadamente con un autor de los grandes; todo lo referente a él tiene llamadores y pueden ser cosa de nada; se trata de una revelación morosa.
“Cruz: Umberto Eco tiene a la entrada de su casa de Milán el periódico de su pueblo (Alessandria, en el Piamonte), que recibe diariamente. Cuando le pedimos fotos de su juventud fue a una computadora, que es el centro borgiano de su aleph particular, su despacho, y encontró las que lo llevan al principio mismo de su vida. Lleva en la boca el tabaco apagado con el que seguramente huye del tabaco.
Esa inteligencia directa, no rehuye nada, ni hace circunloquios. Acostumbrado a pesar las palabras, las dice como si le vinieran dadas por un ejercicio intelectual que tiene su reflejo en los pasillos superpoblados de esta casa que se parece al paraíso de los libros. Ya tiene 83 años; ha adelgazado: lleva una dieta que lo alejó del whisky y de otros excesos, así que muestra el estómago achatado como una gloria conquistada en una batalla sin sangre. Es uno de los grandes filólogos del mundo; desde muy joven ganó notoriedad como tal, pero un día quiso demostrar que el movimiento narrativo se demuestra andando y publicó, con un éxito planetario, la novela “El nombre de la rosa” (1980), cuyo misterio, cultura e ironía asombraron al mundo.”
-- Y si. Todo lo que se diga de este fenómeno de la naturaleza, es sagrado. Cabe un mundo vivaz, inteligente y variado, en su testa fértil.
“Eco:Tenía en mi mente a un personaje de la historia de Italia, Pecorelli, un periodista que hacía chantajes y no precisaba llegar a los quioscos: bastaba con que amenazara con difundir una noticia que podría ser grave para los intereses de otro. Al escribir el libro pensaba en ese periodismo que existió siempre y que en Italia recibió recientemente el nombre de “máquina del fango.
“Cruz: ¿En qué consiste?
“Eco: En que para deslegitimar al adversario no hace falta que lo acuses de matar a su abuela o de que es un pedófilo: es suficiente con difundir sospecha sobre sus actitudes cotidianas. En la novela, aparece un magistrado [que existió en la realidad] al que no se descalifica directamente, se dice sólo que es estrafalario, que usa medias de colores. Un hecho verdadero, consecuencia de la máquina del fango.”
“Cruz: El director del periódico que no llega a salir, dice a través de su testaferro: “Es que la noticia no existe; el periodista, la crea.”
Eco: Sí, naturalmente. Mi novela no es sólo un acto de pesimismo sobre el periodismo de fango; acaba con un programa de la BBC, que es un ejemplo de buen hacer. Porque hay periodismo y periodismos. Lo llamativo es que cuando se habla del malo, todos los periódicos tratan de hacer creer que se está hablando de otros. Muchos diarios se han reconocido en “Número cero”, pero han hecho como que estaba hablando de otro.
Cruz: El periodista está retratado también como un paranoico en busca de una historia cueste lo que cueste, y babea cuando cree encontrarla.
“Eco: Ocurre cuando Bragadoccio encuentra la autopsia de Mussolini. Siempre he dicho, también cuando escribía novelas históricas, que la realidad es más novelesca que la ficción. En “La isla del día antes” describo a un personaje haciendo un extraño experimento para descubrir las longitudes; es muy cómico, y la gente dijo: “Mira qué bonita la invención de Eco”. Pues era de Galileo, que también tenía ideas locas. Si buceas en la historia, puedes hallar episodios más dramáticos, más cómicos, y también más verdaderos, que los que puede inventar cualquier novelista. Fue mientras busqué material para “Número cero”, que hallé la autopsia entera de Mussolini. Y se la serví al personaje Bragadoccio, periodista de investigación, que babeaba mientras la iba utilizando para su crónica sobre la conspiración que inventó.
“Cruz: Y usted no la inventó, claro.”
“Eco: Está en Internet, es así. Luego es muy fácil imaginar que un personaje tan paranoico y tan obsesivo como ese periodista empiece a gozar tanto de la autopsia como de las calaveras que encuentra en la iglesia de Milán por donde pasa su historia. También en este caso de la iglesia todo es verdadero: he intentado dibujar una Milán secreta, con esas calles, esas iglesias, que albergan realidades que parecerían fantasías.”
- Mana literatura de este fabulista titiritero: “Luego es muy fácil”, dice, y está mostrando la sabiduría espléndida de usar la mezcla de realidad y fantasía para tramar una ficción en la cual destellan verdades e invenciones, nunca vistas y jamás imaginadas, como dice Cervantes. (Son méritos de las aventuras que promete su libro).
No hay una coma en las respuestas de la entrevista con Cruz, que no sea un anzuelo apto para pescar atracción sobre su novela. Se trata de una exhibición en el arte; maestría y astucia logradas improvisando. Esa facilidad admirable, hace suponer las maravillas del relato que está vendiendo apasionadamente, como si nada fuera. Eco monta un imaginario entero a la velocidad de una conversación; no es poco; tiene la magia de los grandes payadores, la fracción de un tiempo brevísimo le basta para que se entrechoquen y rimen sus consonancias. Ofrece a puro talento, una visión única de su obra, mediante el ajuste verbal logrado al vuelo. Nada hay más difícil, que improvisar en un diálogo fluido, la fuerza de un micro ensayo que no dice nada.