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Los carnavales

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En mis tiempos se hablaba de los carnavales. Después pasó a singular: el Carnaval. Ahora habrá que volver al plural; hay dos carnavales, uno por 18 de julio y el otro tuvo su corso el miércoles en Buenos Aires: la reunión del Celac.

El Celac es un organismo internacional de ficción, que no tiene potestades para decidir nada y que abriga-ofrece un tablado para la proclamación de algo que no sólo no existe -la unidad latinoamericana- sino que el propio Celac es incapaz de generar. Es más: constituye un obstáculo real para dicha unión porque distrae fuerzas hacia la retórica barata y favorece la hipocresía. Dispone a los pueblos latinoamericanos a que sacien sus aspiraciones de unidad alimentándose de mentiras.

Véase, si no, lo siguiente. La fanfarria de ese carnaval tuvo lugar en Buenos Aires este miércoles. Solo pocas semanas atrás el Ministro de Transporte de Argentina había establecido el cobro de un peaje en un tramo de la hidrovía Paraná-Paraguay entre la confluencia de esos dos ríos y el puerto de Santa Fe. Lo llamó una tasa. Mentira. Tasa es el pago por alguna contraprestación o servicio; no hay ninguna. Es, por tanto, un impuesto y decretado unilateralmente, lo que vulnera expresamente el tratado de Las Leñas que, en concordancia con el texto del Mercosur, rige la hidrovía. Ese impuesto, unilateral, inconsulto y violatorio de la letra y el espíritu del Mercosur, beneficia a la Argentina y castiga principalmente el transporte (trabajo y producción) de los usuarios paraguayos de la hidrovía. También castiga al Uruguay, ya que la producción paraguaya baja hasta el puerto de Nueva Palmira, donde es reembarcada a ultramar. Esta información proviene del Dr. Gonzalez Lapeyre, quien de esto sabe.

Estas son las realidades cotidianas de la cacareada unidad de los pueblos y del respeto a los tratados del Mercosur. Lo que se montó en Buenos Aires fue pura pachanga propia de estas fechas carnavaleras. La unidad latinoamericana es un ideal, pero hay que sacarlo del Carnaval. Yo no dudo de la buena intención de Mujica, quien se ha propuesto empezar por componer un himno común y me lo imagino desvelado en las tibias noches de Rincón del Cerro pensando en rimas consonantes o asonantes. Y me imagino a Lucía, a su lado, con el costurero sobre la falda, buscando hilos de distintos colores que puedan armonizarse para una bandera común. Pero resultaría más eficaz para los intereses de Uruguay que la proximidad afectiva personal con el Presidente de Argentina fuera empleada en protestar por la desconsideración y los abusos con que todos los gobiernos kirchneristas han agredido a nuestro país.

El Carnaval que se vivió en Buenos Aires puede tener alguna utilidad solo si mueve a que sean revisadas las consignas vacías y las rimas mentirosas con las que muchos dirigentes de nuestro medio han sazonado sus discursos sobre el Mercosur y la unidad. ¡Cuánta pavada grandilocuente se ha escrito y se ha voceado! ¡Qué exuberancia tropical de hipocresía! ¡Cuánta dificultad para reconocer errores y buscar otros caminos! ¡Cuánta razón asiste a nuestro Presidente cuando procura despegarse! Lacalle Pou tuvo en Buenos Aires una actuación destacada; fue reconocida en todos los medios (pero mucho me temo que Carolina Cosse vaya a repetirse a sí misma con aquello de un gobierno sin rumbo).

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