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Lógica muerta

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ALVARO AHUNCHAIN
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No es la primera vez que encuentro en la revista digital Extramuros una bocanada de lucidez y ejercicio inteligente del espíritu crítico.

Aunque no esté en un todo de acuerdo con lo que escribe Aldo Mazzuchelli en su columna “Las políticas de la identidad como fascismo íntimo”, lo penetrante de su análisis es un llamado a la reflexión tan pertinente como extraordinario (ya escribiré sobre ello, cuando disponga de más espacio).

El eslogan que acompaña el logotipo de Extramuros lo dice todo: “La escritura ante el declive del debate público”. De eso se trata: de un debate que se muestra tan profundamente deteriorado, tan gravemente simplificado en preconceptos idiotas y bravuconadas de hinchas, que necesita en forma urgente de una escritura que lo dignifique y jerarquice.

Exactamente eso consigue el filósofo Horacio Bernardo en otra columna de la misma publicación: “Argumentos sin hechos: 4 estrategias para cuestionar la LUC por lo que la LUC no es”. Se trata de un breve y contundente ensayo sobre las falacias que nutren las declaraciones y publicidades de los impugnadores de la ley. Lo interesante es que no las analiza desde la adhesión partidaria, sino a través de la retórica o, mejor aún, aplicando la imprescindible lógica viva vazferreiriana.

Horacio define con precisión de bisturí las cuatro estrategias falaces puestas en juego por dirigentes y publicistas del Sí: “referirse al futuro (lo que no es un hecho presente porque aún no ha sucedido); a lo espiritual (lo que no es un hecho tangible porque no tiene materialidad); a lo hipotético (lo que no es un hecho real, sino eventual), y a la percepción subjetiva (lo que no es un hecho contrastable, sino una sensación puramente interior)”.

A cada estrategia la ejemplifica con varios gazapos de esos que escuchamos y leemos todos los días. Asustan al ciudadano con supuestas consecuencias futuras de la ley que, a un año y medio de vigencia, nunca ocurrieron. Invocan “el alma negativa de los 135 artículos” (Valenti dixit). Fuerzan interpretaciones hipotéticas extremas, como la famosa “privatización de la escuela pública”. Niegan los datos que proporciona la realidad, porque “los modelos de seguridad no se miden por estadísticas, sino por lo que la gente siente” (Pereira dixit). Hacía falta que viniera un filósofo como Horacio para enseñarnos a pensar en serio, en lugar de dibujar falacias con que fidelizar fanáticos y engañar a incautos.

Esto es lo que me obsesiona de un tiempo a esta parte: en qué medida mantendremos nuestra democracia ejemplar, si el debate público se deteriora cada día más. ¿No habrá llegado la hora de dar a la lógica y la retórica estatus de asignaturas en la enseñanza primaria y media? ¿No será tiempo de pedir a los canales de televisión que aflojen un poquito con las sopas de letras y las adivinanzas de canciones, y generen algún contenido que enseñe a pensar sin prejuicios? Creo que el propio Horacio Bernardo (quien en su gestión a cargo del área Cultura de ANEP, impulsa torneos de debates en todo el país), lo dice mejor que nadie, al final de su artículo: “Las estrategias señaladas revelan algo mucho más preocupante que una campaña cimentada con base en estrategias falaces: la crisis de la racionalidad. Flaco favor le hace a una democracia el hecho de tener que estar debatiendo, en lugar de argumentos, los modos en los que los argumentos se eluden y tergiversan estratégicamente. En una democracia los ciudadanos votan a sus representantes, no a sus publicistas”.

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